En poco más de media hora (que aproveché para seguir reparando mi coche) el rugido del motor del Lamborghini volvió a escucharse fuera.
Jacob entró con aire tranquilo y más calmado (menos mal, porque le había notado tenso durante nuestro encuentro con Marla).
-Mañana te presentarás al Príncipe.
-¿Eso significa que le he caído bien a Caius?
Me reí con sorna. Jacob ni pestañeó.
-Digamos que no quiere tu cabeza clavada en un palo… por ahora –se giró hacia la puerta con la intención de irse- No la cagues mañana.
Mientras se iba, se me ocurrió otra pregunta inteligente.
-¿Dónde cojones tendré que ir? –Jacob se volvió hacia mi. Por su cara deduje que no había pensado en eso-. ¿Vendrás tú a buscarme?
Como única respuesta miró su reloj, y me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera. Me quité la suciedad que tenía en las manos con uno de los trapos que siempre hay desperdigados por el taller y salí a la calle. Si pensaba llevarme a dar otra vuelta en ese coche suyo, yo no sería quien se lo impidiese.
El antro al que me llevó se llamaba The Suckers. Un edificio bajo, de una sola planta (rodeado de descampados y de la ruina y la miseria típica de la zona), situado en el mismo Manhattan. Menos de diez minutos en su coche nos bastaron para llegar (yo con el mío habría llegado en tres).
El parking que había justo enfrente del local estaba lleno de todo tipo de medios de transporte. Motos, utilitarios más discretos y algún que otro buen coche (sin duda nuestra llegada subidos al Diablo, eclipsaba cualquier otro).
-Aquí no se pueden entrar armas. Déjalas en la guantera.
Después de hacer lo que me dijo, fuimos hacia la entrada.
Mientras nos acercábamos, me pareció ver intentando entrar a ese tal Bart. El cagón que esa misma noche nos habíamos topado (vestido completamente de negro. Pobre hombre, debe tener complejo de blanco). Empecé a caminar más lento para no tener que ver otra vez su cara de capullo. Sabía que eso volvería a cabrearme. Vi como los dos tipos que custodiaban la puerta le recorrían el cuerpo con el detector de metales. Si esta vez iba armado, el detector no le delató.
Los siguientes en pasar el reconocimiento fuimos Jacob y yo. Él según parecía iba a menudo por allí. Me presentó a ellos, en previsión de que volviese (de hecho tendría que hacerlo la noche siguiente), y entramos.
Empezamos a andar hacia el fondo del local. Jacob seguro de a donde se dirigía iba abriéndose paso con los codos y las manos. Yo le seguía (yo no tenía que abrirme paso porque la gente al verme se apartaba).
La música y el ambiente no estaba mal, pero le faltaba algo. O tal vez le sobraba. No es que hubiese demasiada gente, porque había ni más ni menos que la justa para que un local como ese tenga lo que necesita, pero la mezcla de personas tan distinta, y aparentemente con gustos tan diversos se me hacía extraño. Tal vez fuese eso, o tal vez que cuando Jacob me comentó que nos dirigíamos a una discoteca mi mente había recordado la escena de Blade (otra vez esa puta película) en la que una discoteca llena de vampiros empieza a bailar al ritmo de "New Order - Confusion (Pump Panel Reconstruction Mix)" mientras los aspersores les bañan de sangre. Que no fuese así puede que me decepcionara un poco.
Cuando ya llegábamos a la barra, Jacob se giró, y caminando junto a mi empezó a hablarme.
-¿Ves a aquellas personas? -me señaló con un gesto de su cabeza un grupo de cuatro hombres hacia el que nos dirigíamos. Uno de ellos era ese Bart que parecía dispuesto a joderme la noche.- El hispano es De la Cruz, el dueño del local y chiquillo del príncipe -una mirada rápida me confirmó que era un tío con clase. Buena ropa, que llevaba con estilo, presencia cuidada y porte de caballero. Que asco me dio-. El que está a su lado es la arpía…
Nos habíamos acercado ya demasiado a ellos (Bart, junto con otro tío rubio y guaperas, se había marchado al parecer hacia la parte trasera del local, a lo que supuse sería un almacén), y Jacob dejó aquella frase sin acabar (creo que aunque la hubiese acabado hubiese seguido sin enterarme de qué me quería decir). Me presentó a los dos hombres de los que me había hablado. De la Cruz fue el primero. Nos estrechamos las manos y nos mentimos mutuamente de lo contentos que estábamos de conocernos. Al intentar presentarme al otro tío (sinceramente no recuerdo ni su nombre) Jacob dejó claro que no era de su agrado. De la Cruz se interpuso entre ambos evitando la que evidentemente era una situación no demasiado amistosa y tratando de que reinase la diplomacia.
Una copa rápida (fue tan sencillo como pedir “una de las nuestras”, y la sangre corría por mi garganta quemando como el tequila. No pude evitar sonreír al preguntarme de que cosecha sería el borracho del que la habrían sacado, o como podía destilar yo eso en mi taller), y Jacob me guió hacia la parte trasera por la misma puerta por la que había desaparecido Bart unos minutos antes (estaba claro que no me iba a librar de ese gilipollas aunque quisiera). Cruzamos juntos el almacén de ese garito. Al llegar a lo que en ese momento me pareció el fondo del local, nos detuvimos frente a una puerta, y esta vez no pudimos evitar cruzar varias palabras con aquellos dos tíos que habían estado hablando con De la Cruz y esa “arpía” que Jacob había mencionado. Volvimos a presentarnos a Bart (al principio me hice el despistado, pero hacía demasiado poco que nos habíamos visto y el muy capullo se acordaba de mí. ¿Porqué será?), y Jacob hizo los honores con su acompañante, Jonathan.
La puerta se abrió, y un hombre corpulento y con pinta de boxeador (nariz chafada y cara endurecida) salió con prisas. Chocó con Jonathan y Bart, y se hizo paso entre ellos (no de muy buenas maneras) para saludar a Jacob. Otra nueva presentación, y otro apretón de manos (entre unos y otros me la van a acabar gastando). Este resultó ser Crusher, otro de los Sheriff de la ciudad y por supuesto Brujah. Él mismo nos acompañó otra habitación más (dejamos atrás a Bart y a Jonathan aunque estaban esperando delante nuestra) hasta que finalmente llegamos a lo que sí debía ser la parte trasera del edificio. Para mi sorpresa, un ascensor nos esperaba. Bajamos un piso (al parecer el edificio era bastante más de lo que parecía. Aparte del sótano al que bajamos tenía otro nivel inferior, aunque para bajar el acceso estaba más vigilado, y junto al botón del ascensor que podía llevarte a él estaba la ranura de una llave que supuse pocos tendrían), y al abrirse las puertas el panorama había cambiado por completo. Habíamos llegado al espacio selecto que se reservaban los vampiros de New York para sus noches de juerga,… y la verdad es que era una mierda. La decoración era de esa que ahora llaman minimalista (lo único que tienen de mínimo es la imaginación de quien los hace y el cerebro de quien los compra), con paredes, muebles y camareros vestidos y decorados de color blanco. El ruido era mínimo y no había ni humo ni borrachos con los que chocarse. La decepción al volver a recordar la escena de “Blade” era aún mayor.
Me quedé esperando en la barra, tomando otra “de las nuestras” (allí abajo no hizo falta ni pedirlo así. Allí lo que no debía haber era bebida normal), mientras Jacob y Crusher se acercaban a una mesa donde gobernaba (lo digo así porque esa apariencia me dio) un hombre canoso y bien peinado, con ropa de primera y elegancia de sobra para llevarla. Me hizo pensar en el hispano que acababa de conocer en la planta de arriba, y al recordar que Jacob me había comentado que era chiquillo del Príncipe, simplemente até cabos. El príncipe dejó de lado la pantalla de su ordenador portátil un momento, mientras Jacob le hablaba, me miró fugazmente y asintió. Jacob vino hacia mí, y él bajó de nuevo la vista a sus asuntos.
-Mañana verás al Príncipe, él ya ha accedido –pidió con gestos una copa al camarero que atendía la barra-. Si te ponen alguna pega arriba en la puerta di que vienes a ver a Domenech Lacroise, que tienes una cita con el Príncipe, y no habrá problema.
Pasó un rato más hasta que aquél lugar llegó de verdad a cansarme, y decidí volver arriba. Jacob no me acompañó, pero con quien sí coincidí en el ascensor fue con Bart. Aunque puse mi cara más evidente de “no tengo ganas de conversación”, el tío empezó a hablar. Según me dijo, él también debía presentarse la noche siguiente, por lo que probablemente tendría otra vez el enorme placer de su compañía. Hay que joderse. También aprovechó la ocasión para recordarme que “ahora les debemos una a los suyos, después de lo que habían hecho por nosotros esa noche Marla y él” (sobretodo él. Si no hubiese sido porque él lo apuntaba todo seguro que la tía me hubiese olvidado fácilmente). Decidí callar y pegarle otra patada a mi coche cuando llegase al taller.
Después de otro poco tiempo en la planta de arriba (que bien me sentaron un par más de aquellas copas que me dieron. Por fin después de un par de días empezaba a estar contento… hasta de ser vampiro) decidí volver a casa. Estaba acercándose la hora de descansar (encima no pude encontrar al cabrón de Jacob. No tenía ni medio de transporte, ni mis armas que se habían quedado en su guantera), y tenía la sensación de que la noche siguiente sería muy larga.
Las puertas del ascensor se abrieron, y volví a tener la misma sensación de asco que la noche anterior al ver todo aquello. Acaba de bajar al sótano de The Suckers, y aparte de mí, de los camareros, de una mujer (en la que también me había fijado el día anterior) y del Príncipe sentado en la misma mesa que la noche antes, el sitio estaba vacío.
Sabía que era pronto, pero en cuanto acabé de arreglar la chapa de mi coche decidí acabar con los compromisos de cada noche (visitar al Príncipe de la ciudad, tomar algo de alcohol,… lo típico). Con un poco de suerte tendría bastante tiempo después para mi, para dedicarle a mi anterior vida como persona normal (un par de coches seguían en mi taller sin repararse y un par de asuntillos sucios de los míos seguían pendientes).
Me acerqué a Lacroise y me quedé delante suya hasta que levantó la mirada de su portátil. Se quitó las gafas que llevaba y nos dimos las buenas noches. Al presentarme me dio la sensación de que quería deshacerse rápido de mí (yo también de él, así que por lo menos en eso estábamos de acuerdo).Me senté, y comenzó la prueba. Él preguntaba sin muchas ganas y yo respondía sin mucha sinceridad. Que si “¿te han enseñado las leyes?”, pues claro. Que si “¿serás bueno y no armarás escándalo?”, nunca se me ocurriría. Cuando me di cuenta aquél tío se estaba despidiendo de mí. Si ese era el examen que tenías que pasar para ser vampiro estaba chupado. Sólo un auténtico imbécil la cagaría.
Hay veces que la forma de hablar de los demás, el tono que usen, cualquier gesto que puedan hacer sin darse cuenta,… dicen más que las palabras en sí. Era algo que me solía decir mi padre. Algo en lo que me hizo fijarme ya desde muy joven. Hay otras veces, está claro, en las que las propias palabras dicen más de lo que la gente está acostumbrada a escuchar.
-Espera en la barra. Cuando se hayan presentado los demás os explicaré algo que quiero que hagáis.
Eso fue lo último que me dijo el Príncipe antes de ponerse las gafas y volver a su ordenador.
Una simple frase más.
Pero no había podido evitar que me sonase mal por dos pequeños detalles.
Primero porque ese “algo que quiero que hagáis” sonaba a “deberás pasar otra pequeña prueba antes de seguir jugando, muchacho”. A saber que coño nos mandaba el tío ese.
Segundo porque a mí me gustaba trabajar sólo. A saber quien más tenía que acompañarme a hacer ese “algo” (evidentemente más de uno, por su “los demás”). Uno de ellos, estaba seguro por la conversación con él, sería Bart. Tal vez no fuese tan capullo. Tal vez no viniese mal tener a uno de esos magos a mi lado. Me propuse a mi mismo darle otra oportunidad ya que al parecer tendríamos que compartir algo más de nuestro tiempo.
Pero habría más gente aparte de él, y eso me preocupaba.
Tomé un par de copas solo en la barra para relajarme, hasta que Bart (que bajó poco después de mi) acabó también de presentarse y vino a sentarse a mi lado.
-¿A qué te dedicas?
Me preguntó para romper el hielo.
-¿Y tú?
Le contesté para que no lo hiciese. Darle una oportunidad de no caerme mal no significaba que tuviese que caerme bien.
-Era profesor en la universidad –estaba claro que el tío no pensaba callarse, así que pedí otra ronda para mí, y la primera para él. Tal vez borracho fuese menos pesado de aguantar-, de historia, aunque hace ya algunos años que no doy clase.
Bebió conmigo un par de tragos. Después de unos minutos hablando de cosas sin interés empezó a largar algunos detalles sobre los vampiros que hasta el momento desconocía. Contó varias cosas de su clan y me preguntó a mí varias sobre el mío (hacía buena noche para mentir. Por lo menos yo lo estaba haciendo de puta madre). Volvió a mencionar la Camarilla (esta maravillosa “sociedad” en la que Jacob me metió y de la que también los Tremere forman parte), que por lo que me confirmó está en guerra con el Sabbat (no llegó a aclararme mucho más). Pensé que ese tío podía serme útil de momento, así que le invité a otra ronda. Seguimos hablando un rato, pero la conversación acabó en cuanto se me ocurrió preguntarle porqué iba vestido de negro.
-¿Quién cojones se ha muerto?
Se quedó callado y agachó la mirada.
Por lo visto a él la broma no le había hecho gracia.
Ni siquiera me fijé en él cuando entró, pero resultó que cambiaría mi vida más aún de lo que Jacob había conseguido tres noches atrás.
El local seguía vacío, aunque varias personas habían ido pasando por allí. Jacob había sido uno de ellos, aunque estuvo apenas el momento justo para darme un sobre que decidí no abrir delante de Bart. Lo guardé discretamente en el bolsillo interior de mi chupa y no le di mayor importancia de momento.
Bart y yo, sentados en la barra y de espaldas al ascensor, habíamos retomado a medias nuestra charla y el aburrimiento había conseguido que ya apenas nos girásemos a mirar quien salía de él. Sólo cuando ese tío estuvo sentado con el Príncipe, Bart y yo nos quedamos mirándole. Al parecer ese era el vampiro que faltaba por presentar esa noche, y mis peores temores se habían hecho realidad.
Al acabar con el Príncipe, se acercó a nosotros. Alto, delgado, pelo moreno muy corto y mirada perdida. Lo que más me llamó la atención (y lo que más me hizo pensar que estaba zumbado) era que llevaba puesta una bata de forense manchada de sangre. Se me quedó mirando un rato, hasta que le invité amablemente a dejar de hacerlo.
-¿Qué coño miras?
-Tu cara me suena.
Seguía mirándome con expresión de anormal. Realmente ese tipo estaba mal de la cabeza. Decidí no darle más vueltas y volver a lo mío. Lo único que puedes conseguir juntándote con locos es acabar siéndolo.
-Tengo una cara muy vulgar.
-Y que lo digas.
Su comentario me hizo levantarme de la silla. Bart se giró hacia la barra en previsión de la que se podía liar si aquél gilipollas seguía vacilándome. Di una vuelta alrededor suyo, callado, simplemente mirándole y valorando cuantos segundos me duraría en una pelea. Él seguía con esa cara ausente que tenía desde el principio. Aunque no le veía, sabía que el Príncipe, a pocos metros de nosotros, nos miraba y valoraba la situación. Recordé las palabras de Caius sobre mi anterior y muy reciente momento de furia. “Algo a controlar”. Le puse el brazo sobre el hombro y le invité a sentarse a mi lado con una sonrisa. Dos palmaditas mías (amistosas, evidentemente) en su cabeza sellaron nuestra amistad. Dos palmaditas suyas en la mía volvieron a romperla.
Me levanté de la silla y me quedé mirándole. De mi boca salían palabras que no recuerdo demasiado, pero que debían mencionarle sin duda a él, al cabrón de su padre, a la puta de su madre, a los gilipollas de sus abuelos y así hasta la décima generación como mínimo. Un golpe en la barra acabó de demostrar mi enfado y dejó callada a la poca gente que había allí. “Algo a controlar”, me dijo Caius. Me giré dándole la espalda, pero mis puños seguían apretados pensando en partirle la cabeza a ese hijo de la grandísima puta. Fui hasta el ascensor, apreté el botón para que bajara y deseé que fuese rápido.
-¿Tienes un hermano?
No me giré, pero no me faltaron las ganas. Ahora más que de partirle la cabeza tenía ganas de saber que coño le pasaba por ella para que me hablase allí y precisamente en ese momento de mi hermano.
De saber cómo coño sabía que lo tenía.
El ascensor se anunció con un leve pitido salvador. Las puertas se abrieron y subí a la planta de arriba.
De un trago me bebí otra copa “de las nuestras”, pero no podía dejar de escuchar las palabras de aquél cabrón, que resonaban en mi cabeza. “¿Tienes un hermano?” No podía dejar de preguntarme porqué había dicho aquello. “Tienes” La imagen de mi hermano llegó clara a mi cabeza como hacía tiempo que no lograba verla (era guapo y listo como pocos. Todos decían que se parecía a mí). Hacía casi dos años que había muerto. Y precisamente en ese momento aquél gilipollas vino a tocarme los cojones. Antes de la cuarta copa aún me duraba el cabreo con aquél tío.
A partir de la octava ya casi ni lo recordaba.
Casi.
Había pasado ya una hora y seguíamos esperando allí abajo. Bart y yo sentados en una mesa, sin tomar nada más para no meter aún más la pata (¿qué era lo que me había dicho Jacob sobre cagarla con el Príncipe?). El otro idiota bebiendo en la barra. Nadie más nos hacía compañía. Solamente los tres recién presentados en aquél sótano decorado con el puto culo esperando su castigo.
Entonces las puertas del ascensor se abrieron y llegó quien debía impartirlo.
Un hombre alto, moreno e imponente salió y nos empezó a mirar con desgana. Si realmente allí dentro no estaban permitidas las armas, ese tío no se había enterado. Supongo que mi cara debió llamarle más la atención que la del resto (normal, ellos son unos pringados), así que cuando empezó a hablar se dirigió a mí.
-¿Dónde está el Príncipe?
Bart le señaló la puerta cerrada al otro lado de la sala. Yo decidí hablar.
-¿Tú vas a ser quien se encargue de cortarnos los huevos?
Se acercó un paso más a mí. Aún seguía mirándonos con aire de superioridad, pero mi pregunta había parecido intrigarle.
-Para eso me han llamado, sí. Pero si tienes tan claro que has hecho algo que no debías empezaré por ti.
-Cada cual debe reconocer sus pecados. Sé que yo no debería haberme cabreado ni haber empezado a chillar delante del Príncipe justo el día en que tenía que presentarme a él, Caius ya me advirtió que debía controlarme,… pero no creo haber sido el que más a pecado esta noche.
-¿Un Brujah que sabe controlarse? –no sabía exactamente qué había hecho yo (más bien creo que fue lo que no había hecho), pero su mirada había cambiado ligeramente y parecía haber empezado a tomarme un poco más en serio. Me ofreció la mano- Wynn.
Me puse de pie y me presenté. Creo que fue de las pocas veces en las dos últimas noches que realmente estrechar la mano de la persona que tenía frente a mí no supuso ningún esfuerzo (Caius, Crusher,… ¿alguien más?).
Sin decir nada más pasó a ver al Príncipe, mientras nosotros volvíamos a quedarnos solos y esperando.
Esta vez, pero, pasaron apenas tres minutos hasta que alguien volvió a bajar. Una mujer (¿una niña? Desde luego iba vestida como tal y sus tetas eran como las de mi prima de doce años) que por sus gestos y su expresión daba toda la sensación de estar aún más perdida que nosotros. Miraba a todos lados sin saber muy bien que hacer, y viendo que solo había tres personas (camareros aparte), y que una de ellas iba vestida de forense, decidió acercarse a la mesa donde estabamos Bart y yo.
-Buenas noches –Esperó en silencio nuestra respuesta (que fina y educada la niña pija)- ¿El Príncipe?
-¿Qué querías?
Bart respondió en seguida. Yo me quedé callado esperando a ver donde llevaba aquello.
-Vengo a presentarme a él.
Cojonudo. Otra tonta en el bote.
-El Príncipe está ahora reunido. ¿Tú eres?
-Soy Lindsey Hammond. Toreador. Mi Sire ha muerto y me ha dicho que tenía que presentarme y… -ella nos miraba desconcertada y supongo que yo puse cara de capullo al comprobar que Bart se había autonombrado secretario particular del Príncipe. Pensó un poco antes de seguir hablando y nos preguntó- ¿Vosotros quienes sois?
Nos presentamos y le hicimos saber que acabábamos de conocer al Príncipe esa misma noche. Yo pensaba que Jacob me había enseñado poco, pero pude comprobar que hay casos peores. Empezó a hacernos preguntas sobre los vampiros, sobre el Príncipe,… preguntas a las que Bart respondía y con las que tanto ella como yo aprendíamos. Algo más que mencionó Bart fueron los clanes de vampiros que forman parte de la Camarilla. Aparte de los Brujah, los Tremere, y la Toreador que acababa de conocer, existían también los Gangrel, los Ventrue (clan del Príncipe), Nosferatu, y MalKavian. Preferí no preguntar nada para no demostrar lo poco que sabía, pero me propuse seguir informándome conforme fuese surgiendo la ocasión. Quien si decidió seguir preguntando sobre los clanes fue Lindsey. Después de decirle los nuestros, nos preguntó en voz baja.
-¿Ese que es?
-Ese es gilipollas.
No pude evitar la tentación de hablar, y no precisamente susurrando.
-Aún no me has dicho si tienes un hermano.
Me levanté de un salto y me dirigí a él.
-¿Qué cojones tienes que decirme sobre mi hermano?
El tío disfrutaba tocándome los cojones, y tenía la sensación de que yo disfrutaría arrancándole los suyos.
-Ayer lo vi en una azotea, y tenía una foto de vosotros dos –hablaba sin girarse. Seguía sentado en la barra con una copa en la mano-. Es un lupino.
¿Ayer? Imposible. Mi hermano está muerto.
Eso me dijeron hace casi dos años.
Eso ponía en la carta que Johnnie me envió a la cárcel.
Aunque algo desde entonces me hacía pensar que no era así. Tal vez el simple deseo de que fuese verdad me hizo seguirle el juego a aquél capullo.
-¿Lupino? ¿De qué coño hablas?
Se giró y me miró fijamente.
-Digo que es un hombre lobo.
Noté que las piernas empezaban a flaquear. Decidí sentarme al lado de aquél mal nacido y seguir escuchando todo lo que supiese sobre mi hermano. Después ya arreglaría cuentas con él.
-¿Sabes? Creo que hoy es tu día de suerte –pedí dos tragos y antes de que los sirviesen seguí hablando-. Voy a darte otra oportunidad. Tridente –le ofrecí la mano y se presentó como James Walter-. Ahora explícame cómo sabes todo eso sobre mi hermano.
-Marla, una de los Tremere nos encargó a Tony y a mí llevarlo a Central Park, con los suyos. Nos dijo que un hombre lobo estaba causando problemas. Ya sabes que los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos.
No lo sabía, pero desde luego no se lo dije. Pedí otra ronda más sin importarme lo que el Príncipe, ese tal Wynn o cualquier otro chupasangre pudiese hacerme.
No podía quitarme de la cabeza la idea de recuperar a mi hermano.
La puerta donde tenía lugar la reunión que decidiría nuestro futuro como vampiros se abrió, y poco a poco volvieron a salir todos. Wynn pasó furtivamente por nuestro lado y se marchó igual que había venido. El Príncipe volvió a tomar asiento en su mesa de siempre. Ese tal Tony, al parecer el Sire del forense, se detuvo a su lado.
-No eres bienvenido.
No sé hasta que punto le jodió a él escuchar eso, pero a mí mucho. Si se me había pasado por la cabeza utilizar a aquél tío para encontrar a mi hermano, podía olvidarlo. “Los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos”. Pero él ya no lo era.
Subimos todos a la planta de arriba, y la música estridente y el olor a vómito me alivió en parte. Sin perder de vista a James, a Lindsey y a Bart, que por lo visto se habían hecho amigos en el corto trayecto del ascensor y hablaban haciendo gestos que me hacían sospechar que se irían, abrí discretamente el sobre que varias horas antes me había dado Jacob.
Las escrituras de mi taller.
Y solo mi nombre en ellas.
Me acerqué a Jacob, que bebía sentado en la barra, para darle las gracias por conseguirlo. Por pura casualidad Tony estaba sentado junto a él (parecía que habían compartido numerosas juergas y desde luego en beber no se quedaba atrás).
-¿Ese que iba disfrazado de forense es chiquillo tuyo?
-Yo no tengo chiquillo.
De reojo veía como los tres vampiros que habían compartido conmigo la presentación ante el Príncipe se disponían a salir por la puerta.
Me despedí de Jacob y de Tony. Unos metros más allá Lindsey desapareció hacia el exterior. Tenía su número de móvil y no creía que pudiese interesarme demasiado el volver a verla.
Ese tal James fue el siguiente en salir. “Los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos”. Pero él ya no lo era. Tony me lo acababa de dejar bastante claro. Ya no me sería útil.
Me quedé mirando como Bart salía y la puerta se cerraba tras él. También habíamos intercambiado nuestros números de teléfono, así que no me preocupó perderle de vista.
“Marla, una de los Tremere nos encargó a Tony y a mí llevarlo a Central Park”.
Busca siempre la fuente del problema. Solía decirme mi padre. Una vez que la encuentres evita que te los vuelva a dar (eso lo he añadido yo. Siempre me ha dado buen resultado aplicarlo).
“Los Tremere”
Ellos eran la fuente y Bart era mi forma de enterarme de lo que necesitaba.
Ya que le gustaba tanto hablar, me iba a contar un par de cosas sobre los hombres lobo.
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jueves, 4 de octubre de 2007
jueves, 27 de septiembre de 2007
Tridente - Presentación
Es curioso.
Cuando pienso en vampiros, en su lugar de descanso, las imágenes que me vienen a la cabeza son de catacumbas llenas de telarañas, un ataúd y un hombre delgaducho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sin embargo yo me desperté tirado en el catre, boca abajo, en la misma postura en la que había caído rendido esa mañana.
Había tratado de aguantar despierto, aprovechando que cuando volví de mi paseo nocturno era ya prácticamente la hora en la que amanece, dispuesto a ver la luz del sol y comprobar la realidad de algunas cosas que tenía en la cabeza sobre los chupasangres (cosas que he visto en películas, supongo).
Los minutos fueron pasando, y dentro de mi taller empezó a aparecer con timidez la ligera penumbra que precede a un nuevo día.
Las fuerzas me empezaron a fallar y el coraje flaqueó.
He de admitir que una sensación de angustia me lo impidió (bueno, probablemente fuese miedo, aunque lo sabría mejor si lo hubiese sentido alguna vez antes). No sé porqué, pero no se me iba de la cabeza la escena de la película “Blade” (que gran película. Por una vez el negro gana) en la que castigan a uno de ellos a contemplar la salida del sol.
Cuando bajé de nuevo al sótano, el sol ya aparecía por encima de los edificios.
Un cansancio como no había notado jamás (los brazos pesaban y las piernas más que caminar se arrastraban por el suelo conmigo encima. Otro regalo de mi nuevo amigo Jacob al querer que fuese uno de los suyos) me llevó directo al colchón, que me pareció más cómodo de lo habitual.
La realidad se desvaneció deprisa.
Mis ojos se abrieron de golpe, y la realidad volvió tan rápido como había desaparecido.
Las horas, pero, habían pasado, llevándose del todo aquel molesto cansancio y una nueva noche despertaba junto conmigo.
Los sueños, las pesadillas que me acompañaban cada noche desde que salí de la cárcel (pensándolo bien incluso antes de que saliese) parecían haber acabado. Al menos eso sí debía agradecérselo a Jacob.
La puntualidad no era uno de los fuertes de ese tío, pero había que admitir que sabía como hacer sus apariciones.
Eran casi las diez de la noche cuando Jacob apareció, esta vez al volante de un Lamborghini Diablo GT de color rojo (550 CV a 7.100 rpm. De cero a cien en 3,95 segundos… ¿he de decir algo más?).
No sé si fue el coche, o fue el hecho de que me empezara a asegurar que podría recuperar del todo la propiedad del taller de mi padre (Johnnie tal vez hubiese tenido algo que decir en este punto, porque la mitad que me falta es suya), pero las preguntas que habían ido apareciendo en mi cabeza durante la espera se desvanecieron igual de rápido de lo que habían llegado (menos mal que antes de que él empezase a hablar tuve tiempo de preguntarle como cojones emborracharme. No hubiese aguantado otra noche sobrio).
Pese a que sería mío, ellos, los Brujah, harían uso del taller (y de mí, que coño) para las reparaciones que necesitaran, y para algún que otro trabajo que pudiese surgir.
Supongo que los años de asuntos sucios y trapicheos extraños me llevaron a mal pensarme. Cada vez que Jacob pronunciaba la palabra “trabajo”, cada vez que mencionaba algún tipo de situación peligrosa, yo imaginaba a los polis detrás nuestro.
Al parecer me equivocaba (esa estaba resultando ser otra noche de experiencias nuevas).
Hasta que punto decía la verdad no lo sabría asegurar (siempre he sabido cuando algún hijo de puta intenta mentirme, pero juro que ser vampiro me afecta más de lo que debería), pero me dijo que él era descendiente de policías, y que ahora yo lo era también. Me dijo que sus antecesores eran los Sheriff de esa ciudad, los que desde hacía muchos años se cuidaban de que los vampiros de New York cumpliesen las leyes.
Ahora yo debería ayudar a servir su causa.
Pese a que no lograba imaginarme a mi mismo con sombrero, camisa y placa, le seguí el juego.
-Entonces ayer supongo que hacías justicia cargándote a aquellos dos tipos.
-No vi que tú sintieras mucho lo que le hiciste a aquellas prostitutas.
Preferí guardarme mi opinión sobre las putas para otro momento. Recordé también al tuercas, pero preferí no seguir mencionando más muertos (ni pensar en la forma en la que me dijo que se había desecho del cuerpo. Juro que no volveré a comer en un McDonalds… aunque pudiese).
-Ya que has sacado el tema, también tenemos que ocuparnos de un par de cabos sueltos en ese asunto. Los magos están investigando las muertes.
-¿Quién?
No tenía muy claro si se refería a David Copperfield o a algún otro mago de ese tipo, pero suponía que no sería así.
-Los Tremere. Otro clan de vampiros de esta ciudad.
-¿Y que coño les importa a ellos?
-Ellos simplemente se preocupan por el bien de los vampiros en general. Llegarás a entender que no podemos hacer lo que queramos, no podemos empezar a matar gente por el simple hecho de que nos apetece –me miró con una sonrisa siniestra antes de continuar-. Al fin y al cabo son nuestra comida.
-No creo que nadie echase en falta a según que escoria, pero dime… -me rasqué el mentón, y me hice el interesante. Me dio la sensación de que iba a hacer una pregunta inteligente y quería acompañarla con un gesto que también lo pareciera-. Los vampiros, es decir, nosotros,… ¿seguimos las mismas leyes que los humanos normales? Ya que tendré que defenderlas debería saberlo (además, es más divertido romperlas si sabes que lo estás haciendo).
Jacob empezó a hablarme de las seis tradiciones, las recitó una a una de memoria, y además de dejarme pasmado por ello, se encargó de dejarme bien claro que eran, por así decirlo, sagradas.
Ningún vampiro las contravenía,… a no ser que quisiera morir.
No recuerdo las palabras exactas que él utilizó, pero básicamente me dijo que un vampiro jamás debe revelar su existencia (y evidentemente la de los demás de los suyos) a alguien que no lo sea. Recuerdo que Jacob mencionó algo acerca de romper la Mascarada, aunque no entendí del todo a qué se refería.
Después dijo una frase que sí recuerdo, porque era algo parecido a lo que me solía decir mi padre cuando era pequeño. “Tu dominio es de tu responsabilidad”, dijo Jacob refiriéndose a la segunda tradición, que era referente al deber que tenemos (él me habló más en concreto de cada Príncipe, jefe máximo de los vampiros de una ciudad, en su propia parcela) de comportarnos de manera correcta y siguiendo esas mismas tradiciones que él estaba recitando (y en el caso del Príncipe, a hacer que los que estén en ella las cumplan). “Sé responsable de lo que hagas, y sobre todo de lo que no hagas”, decía mi padre. Si bien no era lo mismo a mí sí me lo pareció en ese momento.
La tercera tradición le concernía más a él que a mí, ya que era sobre crear nuevos vampiros. Nuevos vástagos, creo que dijo. Mencionó que no debía hacerse si no era con el permiso de tus antiguos. La verdad es que a esa le presté poca atención, porque de momento a mí no me concernía demasiado, pero la cuarta sí me interesó más. Decía, en resumidas cuentas, si creas un nuevo vampiro, debes responsabilizarte por él hasta que lo liberes. En ese momento no se me ocurrió preguntar cuando pasa esto, el liberar a tu chiquillo (usando palabras del propio Jacob). Estaba demasiado distraído pensando que todos mis marrones serían de momento a medias con él (era una gran responsabilidad. Ahora tendría que pecar por dos).
Sin la aceptación del Príncipe no eres nada. Así es como se resume la quinta tradición, que básicamente trata sobre la hospitalidad y la obligación de los vampiros nuevos en una ciudad (o como en mi caso, los recién creados) de presentarse al Príncipe, como máximo responsable de su dominio.
El sexto era el mandamiento cristiano de toda la vida, el “No matarás” (como humano se me ha olvidado alguna que otra vez. Espero que como vampiro no se me olvide tan a menudo, aunque si lo pienso bien ésta es mi segunda noche y ya llevo dos en mi casillero), pero en versión vampiro. Es decir, que no me podré cargar otro vampiro (teóricamente), a no ser que el Príncipe, por lo que dijo Jacob, convoque lo que él llamó una caza de sangre (no me quedó del todo claro que era, pero ya tengo ganas de ver una). Como parte buena, ningún otro vampiro puede matarme a mí (cosa que ya daba por sentada. A ver quien tiene cojones de conseguirlo).
Después de todo este discursito, ambos dimos la conversación por acabada. Sabíamos que había cosas más importantes que hacer que estar hablando allí metidos (y yo ya estaba hasta los cojones de escucharle, ¿por qué no decirlo?).
Decidimos primero de todo ir a por mi coche.
La noche dictaría de que más ir ocupándose.
El trayecto en el Lamborghini fue sin duda lo mejor desde que conocí a Jacob.
La forma en la que él lo conducía sin duda lo peor.
Ya nos acercábamos al lugar donde estaba aparcado mi coche (hasta no hace mucho mi Pontiac Firebird me parecía un gran coche, pero viendo los carros en los que se mueve esta gente creo que tendré que empezar a pensar en cambiarlo), cuando de repente Jacob empezó a acelerar. La fuerza del motor nos empujó hacia atrás, y un leve chirrido demostró que el motor no había disfrutado precisamente con la maniobra. Un frenazo brusco nos llevó hacia delante, y por un segundo sufrí por la integridad de mi coche. Jacob giró con brusquedad el volante, y el golpe con la acera terminó de frenar su coche. Medio metro nos separaba del mío.
Sin decir nada Jacob sacó (aún no entiendo muy bien de dónde) un M16 (si no hubiese llevado incorporado un lanzagranadas M203 ni me hubiese fijado) y empezó a hablar.
-¿Ves a esa tía?
Mis ojos se centraron en la mujer a la que Jacob se refería (gracias a la intimidad que nos daban los cristales tintados), que parecía venir directa hacia nosotros, y tuve que reconocer que no tenía mal gusto. Alta, delgada, bien vestida y con andares de fulana de las caras (para mi gusto demasiado recatada). Detrás de ella, un blanquito le seguía, al parecer llevando sus cosas. No me hizo falta fijarme demasiado en él para darme cuenta de dos cosas. La primera que se había cagado en los pantalones por la maniobra que Jacob acababa de hacer y que había acabado a un par de metros escasos de donde estaba. La segunda que iba armado.
-Esa es una maga -quedé callado mientras se acercaban a nuestros coches, mientras Jacob manoseaba su arma con ganas de usarla. Decidí sacar también las mías-, los Tremere de los que te he hablado. Vienen a investigar las muertes.
La mujer pasó justo al lado del Lamborghini y se detuvo en la puerta del acompañante de mi coche. Después de unos segundos la abrió. Jacob me miró, y con sorna me dijo.
-¿No vas a proteger tu coche?
Dudé un segundo mientras valoraba sus palabras, mirando las armas en mis manos (la noche anterior no parecieron afectarle demasiado a él, pero…). Recordé el discurso en mi taller, todo aquello que acababa Jacob de contarme sobre defender la ley en la ciudad, y todas esas patrañas,… dejé mis pistolas en la guantera y salí del coche.
Pasé por delante del chupapoyas blanquito, que se alejó de mi varios pasos y se me quedó mirando con cara de atontado, y me paré junto a la zorra, que ya estaba sentándose en el asiento y abriendo la guantera para revisarla.
-Tú, rubia –me llevé la mano al paquete-, ¿porqué no subes aquí? Estarás más a gusto.
Me miró apenas un segundo y siguió con su trabajo sin inmutarse.
-¿Es este tu coche?
-¿Y a ti que cojones te importa? ¡Bájate zorra!
Antes de responder estuvo paseando sus manos por el salpicadero, con expresión ausente. Juro que no sé que coño hacía pero me pareció como si leyese palabras que yo no podía ver.
-Este coche está siendo investigado por dos asesinatos que tuvieron lugar ayer en un polígono cercano –me clavó los ojos y me dio la sensación de que leía en mí igual que había hecho con mi coche-. Si sabes algo debes decirlo.
No contesté pero supongo que mi expresión de ira dejó claro que algo sabía. Se giró sin llegar a levantarse hacia el blanquito que usaba como burro de carga.
-Apunta.
El tío se acercó un paso a mí, y me encañonó con su pistola. El hecho de que no dejase de temblar me demostraba lo que ya había notado nada más verle. No estaba habituado a la vida en las calles.
-Me refiero a que anotes lo que te voy a decir en la PDA –la maga tomó la palabra de nuevo en un tono autoritario que acabó de acojonar al capullo que tenía delante y que a mí me puso a cien (aparte de acabar de demostrarme que ese tío era gilipollas)-. Empieza a apuntar.
Ella empezó a hablar sobre los dos asesinatos que Jacob había cometido, sobre las muertes que la noche anterior habíamos causado él y yo de una forma u otra, dando detalles que no logré comprender cómo conocía, a no ser que ella en persona hubiese estado allí. No sé demasiado bien porqué, pero el hecho de que supiese eso me enfureció un poco más. Rodeé el coche y entré. Arranqué, y le propuse con mis mejores modales a aquella guarra dar una vueltecita en él (ya que se negaba a bajar, por lo menos que disfrutase de la experiencia).
-Estás interfiriendo en una investigación del Príncipe, será mejor que me cuentes todo lo que sepas.
Justo en ese momento Jacob bajó la luna del Lamborghini y antes de que la rubia se diera cuenta me hizo un gesto con la cabeza dejando claro que hablar no era una opción (tal vez pensara que iba a ser tan cabrón para hacerlo. Pedazo de gilipollas). Su arma, si es que seguía empuñándola, estaba bien escondida. Cuando ella le vio, pareció reconocerlo.
-¡Joder! Debería haber imaginado que estabas metido en esto.
-No sé porqué os gusta tanto tocar los huevos, Marla.
Ambos intercambiaron un par de frases amigables más, mientras yo seguía cabreándome por momentos. Con la zorra pretenciosa que tenía a mi lado. Con el hijo de la gran puta de Jacob por haberme metido en este lío y en su mierda de “sociedad”. Y con ese gilipollas que seguía mirándonos acojonado y tomando notas de todo lo que pasaba.
Metí marcha atrás y aceleré todo lo que dio el coche de sí (después del viaje en el Diablo de Jacob, esto parecía una puta mierda). Pensaba que aquella fulana se mearía encima, pero no fue así (he de reconocer que cada vez se ganaba más mi respeto). Cogió con su mano izquierda el volante (una maravilla que me costó ciento cincuenta pavos y mucho tiempo encontrar y que representaba en acero cromado una cadena circular, y dos radios que lo unían a un cráneo en el centro de la pieza), que acto seguido empezó a derretirse entre mis dedos.
El coche quedó parado en medio de la calle, sin posibilidad de maniobrar, con esa pedazo de zorra en un asiento y un negro grande y cabreado en el otro. Empecé a golpear en interior del coche y a acordarme de la familia entera de esa grandísima puta, que seguía mirándome a escasos centímetros.
-Háblame de lo que pasó anoche.
En ese momento me di cuenta de que si no salía del coche acabaría por matarla también a ella. La tentación era grande, pero las palabras que Jacob acababa de decir en mi taller aún pesaban demasiado. Esa última puta tradición ya se me estaba atragantando.
Salí, y no pude hacer más que emprenderla a patadas con lo primero que me encontré en mi camino. Mi propio coche empezó a recibir una serie de golpes que de no ser por las botas con refuerzos de acero que siempre llevo (aún recuerdo cuando con doce años, en uno de mis primeros trabajos, el motor de aquel Plymouth me machacó el dedo gordo, y juro que no me volverá a pasar) me hubiesen dolido más a mi que a él. Si no fuese porque no era la primera vez que lo hacía, hasta me hubiese sentido culpable.
Mientras yo golpeaba mi propio coche, Jacob y la mujer seguían con las conversaciones diplomáticas. Ella seguía con sus preguntas y nosotros seguíamos sin responderle. Pese a eso, y después de otra inspección ahora en el asiento del conductor (cuando ella se sentó el volante volvió a aparecer, y se dedicó otro rato a pasear las manos por él, de nuevo con expresión ausente. Empezaba a entender porque les llamaban los magos), parecía conocer todos los detalles de lo ocurrido (¿Entonces para que cojones nos lo pregunta?). Como me encontraba más calmado ahora que mi volante volvía a estar en su sitio, me decidí a hablar con ella.
-¿Te apetece tocar también esta?
Me llevé otra vez la mano al paquete, pero su expresión no cambió (si dicen que a la tercera va la vencida, estaba a punto de convencerla).
-Sólo trabajo con objetos de gran tamaño.
Esta tía empezaba a gustarme de verdad. Me bajé los pantalones y le demostré que lo de “gran tamaño” se queda corto conmigo. Su cara seguía con la misma expresión seria que tenía al principio de nuestra agradable charla (aunque ella sea demasiado tímida como para admitirlo, vi un brillo especial en sus ojos al conocer mi “lado oculto”).
Volví a sentarme en el Lamborghini para acabar de calmarme, dejando la puerta abierta. Jacob estaba ahora fuera (desarmado y aparentemente pacífico) y hablando con la maga. Esta vez las maneras eran más educadas, y poco a poco los ánimos se fueron calmando. Cuando todo parecía estar en calma, Jacob me hizo un gesto para que me uniera a ellos. El otro tipo que iba con la maga también se acercó, y decidimos presentarnos. Después de conocer nuestros nombres (ella era Marla nosequé y él un tal Bart el meón rosa. Este mote lo recuerdo bien porque jamás había escuchado uno tan ridículo. Le pega bastante, excepto porque no va de rosa, sino de negro de pies a cabeza), ella empezó de nuevo a preguntarle a Jacob, en esta ocasión sobre mi.
-¿Es tu chiquillo?
Jacob respondió asintiendo con un simple gesto de cabeza.
-¿Está presentado?
-Aún no, pero Caius lo sabe.
Unos segundos valorando la situación, y Marla empezó a dictar al otro, que escribía palabra por palabra.
-Las dos víctimas de anoche fueron asesinadas por un Sabbat infiltrado en la ciudad que…
-Sí, sin duda, un Sabbat –Jacob interrumpió a Marla-, además yo le vi, lo recuerdo bien.
Jacob empezó a describir a aquel vampiro imaginario que cargaría con las culpas de nuestros pecados, mientras Marla sonreía ligeramente y el tal Bart tomaba nota. Yo decidí sentarme otra vez en el Lamborghini Diablo (modelo del 99. Sólo se fabricaron 83 unidades. Capaz de alcanzar los 338 Km/h. Dudo que tenga muchas más ocasiones para acariciar uno).
Cuando Jacob volvió al coche, me habló sin mirarme.
-No te hagas encima el mártir, porque ahora le debemos una a esa gente –me miró y noté que preferiría que no lo hubiese hecho. Sus ojos me atravesaron con rabia-. Sube a tu coche y ve al taller. Hoy conocerás a Caius, él es uno de los Sheriff de la ciudad, y un consejo… no seas tú mismo.
No tuve que esperar demasiado para tener el privilegio de conocerle.
Estaba trabajando en mi coche (algún cabrón se había dedicado a darle patadas. Hijo de puta) cuando la barrera, que tenía medio bajada, se abrió de golpe. Jacob entró delante. El tal Caius venía tras él, y he de reconocer que en una pelea no me hubiese gustado tenerlo enfrente. No demasiado alto pero bastante fuerte. La ropa amplia y cara, de color blanco, de esa tela medio transparente que les gusta tanto a los blancos. Un collar colgando de su pecho, musculoso y depilado, que representaba la A de la anarquía girada boca abajo. Jacob se detuvo a medio camino, antes de llegar a donde yo les esperaba. Caius se paró a menos de medio metro de mí, y Jacob salió, cerrando del todo la barrera. Sabía que me iba a llevar una bronca, y lo peor es que no sabía porqué.
-Así que tú eres el nuevo Brujah.
-Aún no –Caius me miró un poco más relajado. Si pretendía que cayese en la trampa, no dio resultado. Recordé lo poco que de momento sabía sobre esta nueva ciudad que el mundo de los vampiros me ofrecía, y seguí hablando-, primero parece que me tienes que dar el visto bueno tú y después deberé presentarme al Príncipe.
Ni él ni yo nos movimos un centímetro. Seguíamos notándonos el aliento con cada palabra.
-¿Por qué quieres llegar a serlo?
El tío iba al grano, estaba claro.
-Jacob me prometió poder.
Yo también sabía.
-¿A cualquier precio?
Pues claro que sí, gilipollas. Pero estaba claro que esa era otra pregunta trampa. Agaché la cabeza y pensé una mentira convincente.
-Jacob me ha dicho que vengo de una estirpe de policías. Primero debo servir a mi tarea. Para eso debo respetar a mi clan,… y no sólo a ellos. Hoy he aprendido que debo respeto también a otros de los nuestros.
Miró mi coche, aún con un lateral abollado y el faro trasero roto (soy bueno, el mejor, pero arreglar tanto destrozo en tan poco tiempo es imposible), y siguió con el interrogatorio.
-¿Entonces eso? –un ligero movimiento de cabeza sin dejar de mirarme me hizo saber que se refería a mi coche- ¿Parece que no has respetado ni tu propio coche?
-Un momento de furia –su gesto serio me hizo darme cuenta de que esperaba que dijese algo más-. No volverá a pasar.
-Eso espero. Ese es uno de los mayores defectos de nuestro clan. Algo a controlar.
Me ofreció la mano y se la estreché, no sin dudarlo una milésima de segundo. Si él lo notó no dijo nada, y con fuerza me dio lo que a mi me parecía la bienvenida al club. Sólo ahora notaba que los nervios me habían amenazado por esta visita, ahora que al irse me sentía en cierta forma aliviado. Tras unos segundos en los que nos aguantamos la mirada, se giró y mientras se encaminaba hacia la puerta volvió a preguntar, ya con voz menos amenazadora.
-¿Sabes por qué te ha escogido Jacob?
-Deberás preguntárselo a él.
Le mentí de nuevo mientras golpeaba la barrera, que acto seguido se abrió con estruendo (¿no lo voy a saber? Porque soy el puto amo de estas calles del Bronx que me han visto nacer).
Caius salió sin decir nada más. Jacob, el encargado de abrirle, me hizo una señal para hacerme saber que volvería. Con una sonrisa tímida me hizo saber también que de momento todo había ido bien.
De momento había superado la prueba.
De momento.
Cuando pienso en vampiros, en su lugar de descanso, las imágenes que me vienen a la cabeza son de catacumbas llenas de telarañas, un ataúd y un hombre delgaducho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sin embargo yo me desperté tirado en el catre, boca abajo, en la misma postura en la que había caído rendido esa mañana.
Había tratado de aguantar despierto, aprovechando que cuando volví de mi paseo nocturno era ya prácticamente la hora en la que amanece, dispuesto a ver la luz del sol y comprobar la realidad de algunas cosas que tenía en la cabeza sobre los chupasangres (cosas que he visto en películas, supongo).
Los minutos fueron pasando, y dentro de mi taller empezó a aparecer con timidez la ligera penumbra que precede a un nuevo día.
Las fuerzas me empezaron a fallar y el coraje flaqueó.
He de admitir que una sensación de angustia me lo impidió (bueno, probablemente fuese miedo, aunque lo sabría mejor si lo hubiese sentido alguna vez antes). No sé porqué, pero no se me iba de la cabeza la escena de la película “Blade” (que gran película. Por una vez el negro gana) en la que castigan a uno de ellos a contemplar la salida del sol.
Cuando bajé de nuevo al sótano, el sol ya aparecía por encima de los edificios.
Un cansancio como no había notado jamás (los brazos pesaban y las piernas más que caminar se arrastraban por el suelo conmigo encima. Otro regalo de mi nuevo amigo Jacob al querer que fuese uno de los suyos) me llevó directo al colchón, que me pareció más cómodo de lo habitual.
La realidad se desvaneció deprisa.
Mis ojos se abrieron de golpe, y la realidad volvió tan rápido como había desaparecido.
Las horas, pero, habían pasado, llevándose del todo aquel molesto cansancio y una nueva noche despertaba junto conmigo.
Los sueños, las pesadillas que me acompañaban cada noche desde que salí de la cárcel (pensándolo bien incluso antes de que saliese) parecían haber acabado. Al menos eso sí debía agradecérselo a Jacob.
La puntualidad no era uno de los fuertes de ese tío, pero había que admitir que sabía como hacer sus apariciones.
Eran casi las diez de la noche cuando Jacob apareció, esta vez al volante de un Lamborghini Diablo GT de color rojo (550 CV a 7.100 rpm. De cero a cien en 3,95 segundos… ¿he de decir algo más?).
No sé si fue el coche, o fue el hecho de que me empezara a asegurar que podría recuperar del todo la propiedad del taller de mi padre (Johnnie tal vez hubiese tenido algo que decir en este punto, porque la mitad que me falta es suya), pero las preguntas que habían ido apareciendo en mi cabeza durante la espera se desvanecieron igual de rápido de lo que habían llegado (menos mal que antes de que él empezase a hablar tuve tiempo de preguntarle como cojones emborracharme. No hubiese aguantado otra noche sobrio).
Pese a que sería mío, ellos, los Brujah, harían uso del taller (y de mí, que coño) para las reparaciones que necesitaran, y para algún que otro trabajo que pudiese surgir.
Supongo que los años de asuntos sucios y trapicheos extraños me llevaron a mal pensarme. Cada vez que Jacob pronunciaba la palabra “trabajo”, cada vez que mencionaba algún tipo de situación peligrosa, yo imaginaba a los polis detrás nuestro.
Al parecer me equivocaba (esa estaba resultando ser otra noche de experiencias nuevas).
Hasta que punto decía la verdad no lo sabría asegurar (siempre he sabido cuando algún hijo de puta intenta mentirme, pero juro que ser vampiro me afecta más de lo que debería), pero me dijo que él era descendiente de policías, y que ahora yo lo era también. Me dijo que sus antecesores eran los Sheriff de esa ciudad, los que desde hacía muchos años se cuidaban de que los vampiros de New York cumpliesen las leyes.
Ahora yo debería ayudar a servir su causa.
Pese a que no lograba imaginarme a mi mismo con sombrero, camisa y placa, le seguí el juego.
-Entonces ayer supongo que hacías justicia cargándote a aquellos dos tipos.
-No vi que tú sintieras mucho lo que le hiciste a aquellas prostitutas.
Preferí guardarme mi opinión sobre las putas para otro momento. Recordé también al tuercas, pero preferí no seguir mencionando más muertos (ni pensar en la forma en la que me dijo que se había desecho del cuerpo. Juro que no volveré a comer en un McDonalds… aunque pudiese).
-Ya que has sacado el tema, también tenemos que ocuparnos de un par de cabos sueltos en ese asunto. Los magos están investigando las muertes.
-¿Quién?
No tenía muy claro si se refería a David Copperfield o a algún otro mago de ese tipo, pero suponía que no sería así.
-Los Tremere. Otro clan de vampiros de esta ciudad.
-¿Y que coño les importa a ellos?
-Ellos simplemente se preocupan por el bien de los vampiros en general. Llegarás a entender que no podemos hacer lo que queramos, no podemos empezar a matar gente por el simple hecho de que nos apetece –me miró con una sonrisa siniestra antes de continuar-. Al fin y al cabo son nuestra comida.
-No creo que nadie echase en falta a según que escoria, pero dime… -me rasqué el mentón, y me hice el interesante. Me dio la sensación de que iba a hacer una pregunta inteligente y quería acompañarla con un gesto que también lo pareciera-. Los vampiros, es decir, nosotros,… ¿seguimos las mismas leyes que los humanos normales? Ya que tendré que defenderlas debería saberlo (además, es más divertido romperlas si sabes que lo estás haciendo).
Jacob empezó a hablarme de las seis tradiciones, las recitó una a una de memoria, y además de dejarme pasmado por ello, se encargó de dejarme bien claro que eran, por así decirlo, sagradas.
Ningún vampiro las contravenía,… a no ser que quisiera morir.
No recuerdo las palabras exactas que él utilizó, pero básicamente me dijo que un vampiro jamás debe revelar su existencia (y evidentemente la de los demás de los suyos) a alguien que no lo sea. Recuerdo que Jacob mencionó algo acerca de romper la Mascarada, aunque no entendí del todo a qué se refería.
Después dijo una frase que sí recuerdo, porque era algo parecido a lo que me solía decir mi padre cuando era pequeño. “Tu dominio es de tu responsabilidad”, dijo Jacob refiriéndose a la segunda tradición, que era referente al deber que tenemos (él me habló más en concreto de cada Príncipe, jefe máximo de los vampiros de una ciudad, en su propia parcela) de comportarnos de manera correcta y siguiendo esas mismas tradiciones que él estaba recitando (y en el caso del Príncipe, a hacer que los que estén en ella las cumplan). “Sé responsable de lo que hagas, y sobre todo de lo que no hagas”, decía mi padre. Si bien no era lo mismo a mí sí me lo pareció en ese momento.
La tercera tradición le concernía más a él que a mí, ya que era sobre crear nuevos vampiros. Nuevos vástagos, creo que dijo. Mencionó que no debía hacerse si no era con el permiso de tus antiguos. La verdad es que a esa le presté poca atención, porque de momento a mí no me concernía demasiado, pero la cuarta sí me interesó más. Decía, en resumidas cuentas, si creas un nuevo vampiro, debes responsabilizarte por él hasta que lo liberes. En ese momento no se me ocurrió preguntar cuando pasa esto, el liberar a tu chiquillo (usando palabras del propio Jacob). Estaba demasiado distraído pensando que todos mis marrones serían de momento a medias con él (era una gran responsabilidad. Ahora tendría que pecar por dos).
Sin la aceptación del Príncipe no eres nada. Así es como se resume la quinta tradición, que básicamente trata sobre la hospitalidad y la obligación de los vampiros nuevos en una ciudad (o como en mi caso, los recién creados) de presentarse al Príncipe, como máximo responsable de su dominio.
El sexto era el mandamiento cristiano de toda la vida, el “No matarás” (como humano se me ha olvidado alguna que otra vez. Espero que como vampiro no se me olvide tan a menudo, aunque si lo pienso bien ésta es mi segunda noche y ya llevo dos en mi casillero), pero en versión vampiro. Es decir, que no me podré cargar otro vampiro (teóricamente), a no ser que el Príncipe, por lo que dijo Jacob, convoque lo que él llamó una caza de sangre (no me quedó del todo claro que era, pero ya tengo ganas de ver una). Como parte buena, ningún otro vampiro puede matarme a mí (cosa que ya daba por sentada. A ver quien tiene cojones de conseguirlo).
Después de todo este discursito, ambos dimos la conversación por acabada. Sabíamos que había cosas más importantes que hacer que estar hablando allí metidos (y yo ya estaba hasta los cojones de escucharle, ¿por qué no decirlo?).
Decidimos primero de todo ir a por mi coche.
La noche dictaría de que más ir ocupándose.
El trayecto en el Lamborghini fue sin duda lo mejor desde que conocí a Jacob.
La forma en la que él lo conducía sin duda lo peor.
Ya nos acercábamos al lugar donde estaba aparcado mi coche (hasta no hace mucho mi Pontiac Firebird me parecía un gran coche, pero viendo los carros en los que se mueve esta gente creo que tendré que empezar a pensar en cambiarlo), cuando de repente Jacob empezó a acelerar. La fuerza del motor nos empujó hacia atrás, y un leve chirrido demostró que el motor no había disfrutado precisamente con la maniobra. Un frenazo brusco nos llevó hacia delante, y por un segundo sufrí por la integridad de mi coche. Jacob giró con brusquedad el volante, y el golpe con la acera terminó de frenar su coche. Medio metro nos separaba del mío.
Sin decir nada Jacob sacó (aún no entiendo muy bien de dónde) un M16 (si no hubiese llevado incorporado un lanzagranadas M203 ni me hubiese fijado) y empezó a hablar.
-¿Ves a esa tía?
Mis ojos se centraron en la mujer a la que Jacob se refería (gracias a la intimidad que nos daban los cristales tintados), que parecía venir directa hacia nosotros, y tuve que reconocer que no tenía mal gusto. Alta, delgada, bien vestida y con andares de fulana de las caras (para mi gusto demasiado recatada). Detrás de ella, un blanquito le seguía, al parecer llevando sus cosas. No me hizo falta fijarme demasiado en él para darme cuenta de dos cosas. La primera que se había cagado en los pantalones por la maniobra que Jacob acababa de hacer y que había acabado a un par de metros escasos de donde estaba. La segunda que iba armado.
-Esa es una maga -quedé callado mientras se acercaban a nuestros coches, mientras Jacob manoseaba su arma con ganas de usarla. Decidí sacar también las mías-, los Tremere de los que te he hablado. Vienen a investigar las muertes.
La mujer pasó justo al lado del Lamborghini y se detuvo en la puerta del acompañante de mi coche. Después de unos segundos la abrió. Jacob me miró, y con sorna me dijo.
-¿No vas a proteger tu coche?
Dudé un segundo mientras valoraba sus palabras, mirando las armas en mis manos (la noche anterior no parecieron afectarle demasiado a él, pero…). Recordé el discurso en mi taller, todo aquello que acababa Jacob de contarme sobre defender la ley en la ciudad, y todas esas patrañas,… dejé mis pistolas en la guantera y salí del coche.
Pasé por delante del chupapoyas blanquito, que se alejó de mi varios pasos y se me quedó mirando con cara de atontado, y me paré junto a la zorra, que ya estaba sentándose en el asiento y abriendo la guantera para revisarla.
-Tú, rubia –me llevé la mano al paquete-, ¿porqué no subes aquí? Estarás más a gusto.
Me miró apenas un segundo y siguió con su trabajo sin inmutarse.
-¿Es este tu coche?
-¿Y a ti que cojones te importa? ¡Bájate zorra!
Antes de responder estuvo paseando sus manos por el salpicadero, con expresión ausente. Juro que no sé que coño hacía pero me pareció como si leyese palabras que yo no podía ver.
-Este coche está siendo investigado por dos asesinatos que tuvieron lugar ayer en un polígono cercano –me clavó los ojos y me dio la sensación de que leía en mí igual que había hecho con mi coche-. Si sabes algo debes decirlo.
No contesté pero supongo que mi expresión de ira dejó claro que algo sabía. Se giró sin llegar a levantarse hacia el blanquito que usaba como burro de carga.
-Apunta.
El tío se acercó un paso a mí, y me encañonó con su pistola. El hecho de que no dejase de temblar me demostraba lo que ya había notado nada más verle. No estaba habituado a la vida en las calles.
-Me refiero a que anotes lo que te voy a decir en la PDA –la maga tomó la palabra de nuevo en un tono autoritario que acabó de acojonar al capullo que tenía delante y que a mí me puso a cien (aparte de acabar de demostrarme que ese tío era gilipollas)-. Empieza a apuntar.
Ella empezó a hablar sobre los dos asesinatos que Jacob había cometido, sobre las muertes que la noche anterior habíamos causado él y yo de una forma u otra, dando detalles que no logré comprender cómo conocía, a no ser que ella en persona hubiese estado allí. No sé demasiado bien porqué, pero el hecho de que supiese eso me enfureció un poco más. Rodeé el coche y entré. Arranqué, y le propuse con mis mejores modales a aquella guarra dar una vueltecita en él (ya que se negaba a bajar, por lo menos que disfrutase de la experiencia).
-Estás interfiriendo en una investigación del Príncipe, será mejor que me cuentes todo lo que sepas.
Justo en ese momento Jacob bajó la luna del Lamborghini y antes de que la rubia se diera cuenta me hizo un gesto con la cabeza dejando claro que hablar no era una opción (tal vez pensara que iba a ser tan cabrón para hacerlo. Pedazo de gilipollas). Su arma, si es que seguía empuñándola, estaba bien escondida. Cuando ella le vio, pareció reconocerlo.
-¡Joder! Debería haber imaginado que estabas metido en esto.
-No sé porqué os gusta tanto tocar los huevos, Marla.
Ambos intercambiaron un par de frases amigables más, mientras yo seguía cabreándome por momentos. Con la zorra pretenciosa que tenía a mi lado. Con el hijo de la gran puta de Jacob por haberme metido en este lío y en su mierda de “sociedad”. Y con ese gilipollas que seguía mirándonos acojonado y tomando notas de todo lo que pasaba.
Metí marcha atrás y aceleré todo lo que dio el coche de sí (después del viaje en el Diablo de Jacob, esto parecía una puta mierda). Pensaba que aquella fulana se mearía encima, pero no fue así (he de reconocer que cada vez se ganaba más mi respeto). Cogió con su mano izquierda el volante (una maravilla que me costó ciento cincuenta pavos y mucho tiempo encontrar y que representaba en acero cromado una cadena circular, y dos radios que lo unían a un cráneo en el centro de la pieza), que acto seguido empezó a derretirse entre mis dedos.
El coche quedó parado en medio de la calle, sin posibilidad de maniobrar, con esa pedazo de zorra en un asiento y un negro grande y cabreado en el otro. Empecé a golpear en interior del coche y a acordarme de la familia entera de esa grandísima puta, que seguía mirándome a escasos centímetros.
-Háblame de lo que pasó anoche.
En ese momento me di cuenta de que si no salía del coche acabaría por matarla también a ella. La tentación era grande, pero las palabras que Jacob acababa de decir en mi taller aún pesaban demasiado. Esa última puta tradición ya se me estaba atragantando.
Salí, y no pude hacer más que emprenderla a patadas con lo primero que me encontré en mi camino. Mi propio coche empezó a recibir una serie de golpes que de no ser por las botas con refuerzos de acero que siempre llevo (aún recuerdo cuando con doce años, en uno de mis primeros trabajos, el motor de aquel Plymouth me machacó el dedo gordo, y juro que no me volverá a pasar) me hubiesen dolido más a mi que a él. Si no fuese porque no era la primera vez que lo hacía, hasta me hubiese sentido culpable.
Mientras yo golpeaba mi propio coche, Jacob y la mujer seguían con las conversaciones diplomáticas. Ella seguía con sus preguntas y nosotros seguíamos sin responderle. Pese a eso, y después de otra inspección ahora en el asiento del conductor (cuando ella se sentó el volante volvió a aparecer, y se dedicó otro rato a pasear las manos por él, de nuevo con expresión ausente. Empezaba a entender porque les llamaban los magos), parecía conocer todos los detalles de lo ocurrido (¿Entonces para que cojones nos lo pregunta?). Como me encontraba más calmado ahora que mi volante volvía a estar en su sitio, me decidí a hablar con ella.
-¿Te apetece tocar también esta?
Me llevé otra vez la mano al paquete, pero su expresión no cambió (si dicen que a la tercera va la vencida, estaba a punto de convencerla).
-Sólo trabajo con objetos de gran tamaño.
Esta tía empezaba a gustarme de verdad. Me bajé los pantalones y le demostré que lo de “gran tamaño” se queda corto conmigo. Su cara seguía con la misma expresión seria que tenía al principio de nuestra agradable charla (aunque ella sea demasiado tímida como para admitirlo, vi un brillo especial en sus ojos al conocer mi “lado oculto”).
Volví a sentarme en el Lamborghini para acabar de calmarme, dejando la puerta abierta. Jacob estaba ahora fuera (desarmado y aparentemente pacífico) y hablando con la maga. Esta vez las maneras eran más educadas, y poco a poco los ánimos se fueron calmando. Cuando todo parecía estar en calma, Jacob me hizo un gesto para que me uniera a ellos. El otro tipo que iba con la maga también se acercó, y decidimos presentarnos. Después de conocer nuestros nombres (ella era Marla nosequé y él un tal Bart el meón rosa. Este mote lo recuerdo bien porque jamás había escuchado uno tan ridículo. Le pega bastante, excepto porque no va de rosa, sino de negro de pies a cabeza), ella empezó de nuevo a preguntarle a Jacob, en esta ocasión sobre mi.
-¿Es tu chiquillo?
Jacob respondió asintiendo con un simple gesto de cabeza.
-¿Está presentado?
-Aún no, pero Caius lo sabe.
Unos segundos valorando la situación, y Marla empezó a dictar al otro, que escribía palabra por palabra.
-Las dos víctimas de anoche fueron asesinadas por un Sabbat infiltrado en la ciudad que…
-Sí, sin duda, un Sabbat –Jacob interrumpió a Marla-, además yo le vi, lo recuerdo bien.
Jacob empezó a describir a aquel vampiro imaginario que cargaría con las culpas de nuestros pecados, mientras Marla sonreía ligeramente y el tal Bart tomaba nota. Yo decidí sentarme otra vez en el Lamborghini Diablo (modelo del 99. Sólo se fabricaron 83 unidades. Capaz de alcanzar los 338 Km/h. Dudo que tenga muchas más ocasiones para acariciar uno).
Cuando Jacob volvió al coche, me habló sin mirarme.
-No te hagas encima el mártir, porque ahora le debemos una a esa gente –me miró y noté que preferiría que no lo hubiese hecho. Sus ojos me atravesaron con rabia-. Sube a tu coche y ve al taller. Hoy conocerás a Caius, él es uno de los Sheriff de la ciudad, y un consejo… no seas tú mismo.
No tuve que esperar demasiado para tener el privilegio de conocerle.
Estaba trabajando en mi coche (algún cabrón se había dedicado a darle patadas. Hijo de puta) cuando la barrera, que tenía medio bajada, se abrió de golpe. Jacob entró delante. El tal Caius venía tras él, y he de reconocer que en una pelea no me hubiese gustado tenerlo enfrente. No demasiado alto pero bastante fuerte. La ropa amplia y cara, de color blanco, de esa tela medio transparente que les gusta tanto a los blancos. Un collar colgando de su pecho, musculoso y depilado, que representaba la A de la anarquía girada boca abajo. Jacob se detuvo a medio camino, antes de llegar a donde yo les esperaba. Caius se paró a menos de medio metro de mí, y Jacob salió, cerrando del todo la barrera. Sabía que me iba a llevar una bronca, y lo peor es que no sabía porqué.
-Así que tú eres el nuevo Brujah.
-Aún no –Caius me miró un poco más relajado. Si pretendía que cayese en la trampa, no dio resultado. Recordé lo poco que de momento sabía sobre esta nueva ciudad que el mundo de los vampiros me ofrecía, y seguí hablando-, primero parece que me tienes que dar el visto bueno tú y después deberé presentarme al Príncipe.
Ni él ni yo nos movimos un centímetro. Seguíamos notándonos el aliento con cada palabra.
-¿Por qué quieres llegar a serlo?
El tío iba al grano, estaba claro.
-Jacob me prometió poder.
Yo también sabía.
-¿A cualquier precio?
Pues claro que sí, gilipollas. Pero estaba claro que esa era otra pregunta trampa. Agaché la cabeza y pensé una mentira convincente.
-Jacob me ha dicho que vengo de una estirpe de policías. Primero debo servir a mi tarea. Para eso debo respetar a mi clan,… y no sólo a ellos. Hoy he aprendido que debo respeto también a otros de los nuestros.
Miró mi coche, aún con un lateral abollado y el faro trasero roto (soy bueno, el mejor, pero arreglar tanto destrozo en tan poco tiempo es imposible), y siguió con el interrogatorio.
-¿Entonces eso? –un ligero movimiento de cabeza sin dejar de mirarme me hizo saber que se refería a mi coche- ¿Parece que no has respetado ni tu propio coche?
-Un momento de furia –su gesto serio me hizo darme cuenta de que esperaba que dijese algo más-. No volverá a pasar.
-Eso espero. Ese es uno de los mayores defectos de nuestro clan. Algo a controlar.
Me ofreció la mano y se la estreché, no sin dudarlo una milésima de segundo. Si él lo notó no dijo nada, y con fuerza me dio lo que a mi me parecía la bienvenida al club. Sólo ahora notaba que los nervios me habían amenazado por esta visita, ahora que al irse me sentía en cierta forma aliviado. Tras unos segundos en los que nos aguantamos la mirada, se giró y mientras se encaminaba hacia la puerta volvió a preguntar, ya con voz menos amenazadora.
-¿Sabes por qué te ha escogido Jacob?
-Deberás preguntárselo a él.
Le mentí de nuevo mientras golpeaba la barrera, que acto seguido se abrió con estruendo (¿no lo voy a saber? Porque soy el puto amo de estas calles del Bronx que me han visto nacer).
Caius salió sin decir nada más. Jacob, el encargado de abrirle, me hizo una señal para hacerme saber que volvería. Con una sonrisa tímida me hizo saber también que de momento todo había ido bien.
De momento había superado la prueba.
De momento.
martes, 11 de septiembre de 2007
Tridente - Introducción - Continuación...
Jueves 30 de agosto de 2007
6:04h a.m.
Cerré la barrera metálica mientras escuchaba como el sonido del motor se alejaba.
Entré en el taller y encendí las luces. Esa noche, aparte de otros tres coches, tenía un Ford Mustang Shelby GT350 Fastback del 65, una auténtica joya de unos ciento cincuenta mil dólares. En otras circunstancias me hubiese detenido a contemplarlo, acariciarlo, hablarle,… pero hoy simplemente crucé el taller pasando entre ellos y bajé las escaleras hacia mi pequeño refugio, excavado bajo el suelo de este taller que había pertenecido a mi padre antes que a mi, un pequeño zulo de unos cincuenta metros que decidí acomodar a mis necesidades hace casi dos años, cuando definitivamente me quedé solo.
Caminé despacio y en silencio hacia el fondo de la pequeña habitación, dejando a mi izquierda la máquina de pesas y el catre donde duermo. Abrí el frigorífico y pasé por alto los escasos restos de las dos pizzas familiares que cené la noche anterior. Cogí una litrona y la abrí con ansia.
Hoy necesitaba emborracharme.
Bebí un trago largo. La bebida fría y espumosa cayó por mi garganta.
Volví atrás, y me tiré estruendosamente en el colchón. Toda una serie de pensamientos y recuerdos pasaban por mi cabeza.
De esa noche.
De mi vida en general.
Empecé a notar un sudor frío, un ligero malestar que poco a poco fue haciéndose más fuerte. Aunque al principio pensé que sería por todo lo sucedido, que se acumulaba en mi mente, acabé por darme cuenta que era una sensación extraña en mis tripas. Mi cuerpo de ébano, endurecido y musculado por la vida del Bronx, empezó a convulsionarse en arcadas. La cerveza que minutos antes me había dado húmedo consuelo volvió a salir por mi boca.
Pese a la sensación amarga que me acababa de dejar la cerveza, seguía notando el sabor de la sangre en la boca.
Y no me desagradaba.
Porque acababa de convertirme en vampiro.
Desde esa misma noche, había pasado a formar parte del mundo de las tinieblas.
Miércoles 29 de agosto de 2007
9:26h p.m.
Johnnie (uno de mis dos socios, encargado de llevar las cuentas y conocido así por su afición al whisky escocés y a su manía de llevar prácticamente a todos lados una botella de Johnnie Walker) estaba saliendo por la puerta, yo ya estaba preparado y era noche de competición. Empecé a cerrar el taller y recuerdo que pensé, tuve la sensación, de que ésa iba a ser una gran noche.
Pero el tuercas (mi otro socio. Este mote tiene un origen más evidente. No creo que sea necesario aclarar nada) tuvo que llegar para tocarme los cojones.
Entró con la barrera medio bajada con su ya típico mono azul lleno de aceite y otros líquidos atado a la altura de la cintura y su camiseta blanca a juego con el resto de manchas, despeinado y con barba de varios días. Después de cinco minutos de rodeos y de esa forma de hablar tan suya (que habla pero no dice nada), me dio a entender que por su cuenta había quedado en un polígono cercano para concretar un trabajo.
Mi rabia inicial (que le demostré con un par de buenos guantazos) por tomar decisiones sin consultármelo, por quedar con gente a la que ni siquiera él conocía personalmente y sobre todo por haber quedado en mi nombre (algo con lo que no dejo que nadie juegue porque sólo tengo uno), se esfumó al decirme la cantidad que estaban dispuestos a pagar por contar con mis servicios. Cincuenta de los grandes.
Le di a entender (sin rodeos, con otros dos guantazos) que no volviera a hacerlo, y nos fuimos los dos en mi coche (cincuenta de los grandes son cincuenta de los grandes).
Después de muchas vueltas, llegamos al almacén donde supuestamente (el tuercas juraba por su madre que era allí, pero teniendo en cuenta que ella era una puta barata, y él un colgado no me acababa de fiar) era la reunión.
Los dos coches que esperaban aparcados en la puerta y el hecho de que la barrera estuviese medio subida, me invitaron a entrar, no sin primero coger una Beretta de la guantera, y darle otra al tuercas, al que amablemente (¿Cuántas ostias llevaba ya ese pobre diablo en el cuerpo?) invité a entrar conmigo.
Levanté la barrera de golpe.
Las tres personas que estaban dentro (un hermano cerrando algún tipo de trato con dos blanquitos), tardaron apenas un segundo en sacar sus armas y apuntarme.
A mi no me hizo falta enseñarles la mía.
-Vengo a ver a Jacob.
Con la misma rapidez con la que había desenfundado las dos pistolas con las que me apuntaba, Jacob (un negro casi tan intimidatorio como yo. Casi) se giró hacia los hombres trajeados con los que había estado negociando, y con dos disparos dejó claro que el trato estaba cerrado.
Salimos los dos (¿Dónde putas se había metido el tuercas?) al callejón, donde el tal Jacob subió a uno de los coches, dejando claro que era portador de un pequeño arsenal (debió creer el cabrón que varias semiautomáticas y un par de granadas me impresionaban), y me pidió que lo siguiera.
Volví a encontrar al tuercas misteriosamente dentro de mi coche, y tuve que aguantarme las ganas de darle otra vez.
Después de varios kilómetros detrás del deportivo en el que había subido Jacob (un coche europeo que no llegué a reconocer), siempre hacia el oeste, llegamos a un descampado.
Los faros de mi coche iluminaban la soledad de la noche.
Las dos estelas rojizas que despedían el deportivo de Jacob se apagaron, y su figura musculosa bajó de él.
Paré el motor y bajé del coche, con ambas pistolas a la espalda, esta vez completamente solo (para lo que me había servido antes el tuercas mejor que se quedara sentadito).
Me acerqué lentamente a Jacob, y cuando llegué a escasos cinco pasos de él le miré en silencio. No tardó en tomar la palabra.
-¿Te apetece formar parte de una sociedad?
Me cagué mentalmente en el tuercas, en su puta madre (nunca mejor dicho) y en el tal Jacob, e imaginé por donde se podía meter su sociedad aquel negro.
-¿Qué clase de sociedad?
-Una en la que se entra pero no se sale.
Que listo el cabrón.
-De ninguna sociedad se sale -Parece mentira lo serio que me pongo cuando hago negocios, o cuando alguien me toca los huevos-. Lo siento, pero no me interesan las sociedades.
Normalmente nadie me da réplica, pero ese tío insistió.
-¿No te apetece tener dinero, tener poder? –supongo que mi cara habló por mi (evidentemente dijo si, no soy gilipollas)- entra en nuestra sociedad y lo tendrás.
Supongo que aquí mi cara volvió a decir no, porque sacó una de las pistolas que ya sabía que llevaba, y la amartilló, aunque sin llegar a apuntarme. Si pensaba que eso me acobardaría estaba equivocado del todo.
-No me interesan las sociedades -saqué yo una de las mías y también la amartillé. Yo también se jugar a eso.
Me apuntó a la pierna con su arma.
Yo le apunté a la cabeza.
Cualquier persona normal hubiese cedido. Él disparó.
Mi pierna estalló en un dolor rabioso que me llevó al suelo. Intenté apuntar de nuevo, y le vi delante mío, completamente quieto, esperando el balazo que sabía recibiría. Apreté el gatillo y la soledad del lugar volvió a llenarse del ruido sordo de la pólvora al estallar. Me levanté como pude para volver a hacer blanco, pero para mi sorpresa él ya estaba de pie. Una herida abierta sangraba en su frente. Volví a disparar, una, dos, tres veces,… vacié las dos pistolas que llevaba conmigo en el cuerpo de aquel cabrón, que se movía al ritmo de mis balas.
Finalmente cayó al suelo.
Yo también caí de rodillas. La sangre me mojaba toda la pierna y manchaba mis pantalones. Dejé caer las Berettas ya vacías al suelo.
Cuando vi a Jacob levantarse de nuevo fue cuando me di cuenta de que estaba sudando. Noté como el calor se pegaba a mi cuerpo. Jacob se acercó a mi coche y abrió bruscamente la puerta detrás de la cual se escondía el tuercas. Una mano le bastó para sacarlo del coche y cogerlo en vilo. Su boca se lanzó al cuello de ese pobre diablo, que murió con un chillido corto y ahogado. La sangre le corría al tuercas por el cuello y el pecho, y la orina manchaba sus pantalones.
Creo que fue entonces cuando empecé a creer que moriría.
Jacob se acercó a mí, sacando de su cuerpo y su cabeza las balas que yo mismo acababa de disparar.
Fue entonces cuando estuve seguro de que sería así.
-¿Estás ya dispuesto a unirte a nuestra sociedad?
Bajé la mirada al suelo y me dispuse a hacerlo.
No sé cuanto tiempo tardé en despertar, pero dormir me había sentado realmente bien. Estaba tirado boca arriba en el suelo y me notaba más fuerte, más ágil de lo que me había sentido jamás. Levanté poco a poco la mirada, y revisé mi pierna herida. El agujero de mis pantalones, rodeado de sangre, sólo me dejaba ver una cicatriz. El dolor había desaparecido por completo.
Acabé de levantarme del suelo, y Jacob me esperaba con una sorpresa.
Apoyado en su coche, con los brazos ocupados sobre los hombros de dos fulanas (he de admitir que parecían más caras de lo que estoy acostumbrado), me invitó a conocerlas.
Me acerqué,… y poco más recuerdo.
Sólo el color rojo de la sangre de una de ellas, que brotaba de un pequeño corte que Jacob acababa de hacer en su brazo.
Sólo ese intenso olor a comida.
Sólo esa intensa hambre que me devoraba.
Volví a despertar de ese extraño sueño a cámara lenta en el que acababa de caer para comprobar que era cierto.
Las dos mujeres estaban tiradas junto a mí, que aún sujetaba a una de ellas por el pelo, pero ya no me parecieron tan llenas de vida como antes. Me limpié la sangre que manchaba mi cara.
-Lame las heridas de sus cuellos.
Lo último que se me hubiese pasado por la cabeza hubiese sido lamer nada de esos dos montones de huesos desecados que estaban a mi lado, pero sabía que me lo decía por algo. Callé y lamí. Los dos agujeros de sus cuellos, por los que había bebido su vida, empezaron a cerrarse. En pocos segundos habían desaparecido.
Jacob empezó a hablarme, aunque si he de decir la verdad, no le presté demasiada atención. Además hablaba de unas cosas extrañas. Jerga de vampiros, supongo.
De esa conversación en el descampado recuerdo sólo algunas palabras sueltas.
Sire.
Brujah.
Camarilla.
Vampiro.
Cuando por fin acabó de comerme la oreja, nos ocupamos de las furcias. Las metimos en el maletero de su coche y nos fuimos de allí.
Él delante, en su coche.
Yo le seguía en el mío.
-Sube, iremos en mi coche lo que queda de camino.
Fue lo que me dijo al parar, ya de vuelta al bullicio de la ciudad.
Al subir empezó a explicarme aún más cosas sobre no sé que putas de territorio neutral, y sobre el Sabbat (¿Porqué cojones no podía estar callado el muy bastardo? ¿No entendía que me dolía la cabeza?).
Cuando llegamos a nuestro destino, una pedazo de mansión en las afueras, salió del coche como si todo lo que me hubiese contado fuese cierto. Cargó con todas las armas que pudo y empezó a mirar a todos lados.
Entramos en la que resultó ser la casa de un tal Giovanni (un joven blanquito que parecía hacer negocios a menudo con Jacob), que no tuvo inconveniente en deshacerse de los cuerpos de las zorras que acabábamos de matar (tenía unos cuantos cadáveres almacenados en los sótanos del edificio, ¿Qué más darán dos más?).
Estaba ya a punto de amanecer cuando Jacob paró su coche delante de la barrera de mi taller.
Bajé y quedé quieto un momento mirando el letrero.
Las palabras “El Infierno” escritas en negro sobre un fondo rojizo que simulaba las llamas que siempre había pensado que me esperarían al morir, me parecieron hoy más que nunca, una elección acertada para mi negocio.
-Mañana a las 9:30h p.m. vendré a buscarte.
Asentí ligeramente.
Cerré la barrera metálica mientras escuchaba como
6:04h a.m.
Cerré la barrera metálica mientras escuchaba como el sonido del motor se alejaba.
Entré en el taller y encendí las luces. Esa noche, aparte de otros tres coches, tenía un Ford Mustang Shelby GT350 Fastback del 65, una auténtica joya de unos ciento cincuenta mil dólares. En otras circunstancias me hubiese detenido a contemplarlo, acariciarlo, hablarle,… pero hoy simplemente crucé el taller pasando entre ellos y bajé las escaleras hacia mi pequeño refugio, excavado bajo el suelo de este taller que había pertenecido a mi padre antes que a mi, un pequeño zulo de unos cincuenta metros que decidí acomodar a mis necesidades hace casi dos años, cuando definitivamente me quedé solo.
Caminé despacio y en silencio hacia el fondo de la pequeña habitación, dejando a mi izquierda la máquina de pesas y el catre donde duermo. Abrí el frigorífico y pasé por alto los escasos restos de las dos pizzas familiares que cené la noche anterior. Cogí una litrona y la abrí con ansia.
Hoy necesitaba emborracharme.
Bebí un trago largo. La bebida fría y espumosa cayó por mi garganta.
Volví atrás, y me tiré estruendosamente en el colchón. Toda una serie de pensamientos y recuerdos pasaban por mi cabeza.
De esa noche.
De mi vida en general.
Empecé a notar un sudor frío, un ligero malestar que poco a poco fue haciéndose más fuerte. Aunque al principio pensé que sería por todo lo sucedido, que se acumulaba en mi mente, acabé por darme cuenta que era una sensación extraña en mis tripas. Mi cuerpo de ébano, endurecido y musculado por la vida del Bronx, empezó a convulsionarse en arcadas. La cerveza que minutos antes me había dado húmedo consuelo volvió a salir por mi boca.
Pese a la sensación amarga que me acababa de dejar la cerveza, seguía notando el sabor de la sangre en la boca.
Y no me desagradaba.
Porque acababa de convertirme en vampiro.
Desde esa misma noche, había pasado a formar parte del mundo de las tinieblas.
Miércoles 29 de agosto de 2007
9:26h p.m.
Johnnie (uno de mis dos socios, encargado de llevar las cuentas y conocido así por su afición al whisky escocés y a su manía de llevar prácticamente a todos lados una botella de Johnnie Walker) estaba saliendo por la puerta, yo ya estaba preparado y era noche de competición. Empecé a cerrar el taller y recuerdo que pensé, tuve la sensación, de que ésa iba a ser una gran noche.
Pero el tuercas (mi otro socio. Este mote tiene un origen más evidente. No creo que sea necesario aclarar nada) tuvo que llegar para tocarme los cojones.
Entró con la barrera medio bajada con su ya típico mono azul lleno de aceite y otros líquidos atado a la altura de la cintura y su camiseta blanca a juego con el resto de manchas, despeinado y con barba de varios días. Después de cinco minutos de rodeos y de esa forma de hablar tan suya (que habla pero no dice nada), me dio a entender que por su cuenta había quedado en un polígono cercano para concretar un trabajo.
Mi rabia inicial (que le demostré con un par de buenos guantazos) por tomar decisiones sin consultármelo, por quedar con gente a la que ni siquiera él conocía personalmente y sobre todo por haber quedado en mi nombre (algo con lo que no dejo que nadie juegue porque sólo tengo uno), se esfumó al decirme la cantidad que estaban dispuestos a pagar por contar con mis servicios. Cincuenta de los grandes.
Le di a entender (sin rodeos, con otros dos guantazos) que no volviera a hacerlo, y nos fuimos los dos en mi coche (cincuenta de los grandes son cincuenta de los grandes).
Después de muchas vueltas, llegamos al almacén donde supuestamente (el tuercas juraba por su madre que era allí, pero teniendo en cuenta que ella era una puta barata, y él un colgado no me acababa de fiar) era la reunión.
Los dos coches que esperaban aparcados en la puerta y el hecho de que la barrera estuviese medio subida, me invitaron a entrar, no sin primero coger una Beretta de la guantera, y darle otra al tuercas, al que amablemente (¿Cuántas ostias llevaba ya ese pobre diablo en el cuerpo?) invité a entrar conmigo.
Levanté la barrera de golpe.
Las tres personas que estaban dentro (un hermano cerrando algún tipo de trato con dos blanquitos), tardaron apenas un segundo en sacar sus armas y apuntarme.
A mi no me hizo falta enseñarles la mía.
-Vengo a ver a Jacob.
Con la misma rapidez con la que había desenfundado las dos pistolas con las que me apuntaba, Jacob (un negro casi tan intimidatorio como yo. Casi) se giró hacia los hombres trajeados con los que había estado negociando, y con dos disparos dejó claro que el trato estaba cerrado.
Salimos los dos (¿Dónde putas se había metido el tuercas?) al callejón, donde el tal Jacob subió a uno de los coches, dejando claro que era portador de un pequeño arsenal (debió creer el cabrón que varias semiautomáticas y un par de granadas me impresionaban), y me pidió que lo siguiera.
Volví a encontrar al tuercas misteriosamente dentro de mi coche, y tuve que aguantarme las ganas de darle otra vez.
Después de varios kilómetros detrás del deportivo en el que había subido Jacob (un coche europeo que no llegué a reconocer), siempre hacia el oeste, llegamos a un descampado.
Los faros de mi coche iluminaban la soledad de la noche.
Las dos estelas rojizas que despedían el deportivo de Jacob se apagaron, y su figura musculosa bajó de él.
Paré el motor y bajé del coche, con ambas pistolas a la espalda, esta vez completamente solo (para lo que me había servido antes el tuercas mejor que se quedara sentadito).
Me acerqué lentamente a Jacob, y cuando llegué a escasos cinco pasos de él le miré en silencio. No tardó en tomar la palabra.
-¿Te apetece formar parte de una sociedad?
Me cagué mentalmente en el tuercas, en su puta madre (nunca mejor dicho) y en el tal Jacob, e imaginé por donde se podía meter su sociedad aquel negro.
-¿Qué clase de sociedad?
-Una en la que se entra pero no se sale.
Que listo el cabrón.
-De ninguna sociedad se sale -Parece mentira lo serio que me pongo cuando hago negocios, o cuando alguien me toca los huevos-. Lo siento, pero no me interesan las sociedades.
Normalmente nadie me da réplica, pero ese tío insistió.
-¿No te apetece tener dinero, tener poder? –supongo que mi cara habló por mi (evidentemente dijo si, no soy gilipollas)- entra en nuestra sociedad y lo tendrás.
Supongo que aquí mi cara volvió a decir no, porque sacó una de las pistolas que ya sabía que llevaba, y la amartilló, aunque sin llegar a apuntarme. Si pensaba que eso me acobardaría estaba equivocado del todo.
-No me interesan las sociedades -saqué yo una de las mías y también la amartillé. Yo también se jugar a eso.
Me apuntó a la pierna con su arma.
Yo le apunté a la cabeza.
Cualquier persona normal hubiese cedido. Él disparó.
Mi pierna estalló en un dolor rabioso que me llevó al suelo. Intenté apuntar de nuevo, y le vi delante mío, completamente quieto, esperando el balazo que sabía recibiría. Apreté el gatillo y la soledad del lugar volvió a llenarse del ruido sordo de la pólvora al estallar. Me levanté como pude para volver a hacer blanco, pero para mi sorpresa él ya estaba de pie. Una herida abierta sangraba en su frente. Volví a disparar, una, dos, tres veces,… vacié las dos pistolas que llevaba conmigo en el cuerpo de aquel cabrón, que se movía al ritmo de mis balas.
Finalmente cayó al suelo.
Yo también caí de rodillas. La sangre me mojaba toda la pierna y manchaba mis pantalones. Dejé caer las Berettas ya vacías al suelo.
Cuando vi a Jacob levantarse de nuevo fue cuando me di cuenta de que estaba sudando. Noté como el calor se pegaba a mi cuerpo. Jacob se acercó a mi coche y abrió bruscamente la puerta detrás de la cual se escondía el tuercas. Una mano le bastó para sacarlo del coche y cogerlo en vilo. Su boca se lanzó al cuello de ese pobre diablo, que murió con un chillido corto y ahogado. La sangre le corría al tuercas por el cuello y el pecho, y la orina manchaba sus pantalones.
Creo que fue entonces cuando empecé a creer que moriría.
Jacob se acercó a mí, sacando de su cuerpo y su cabeza las balas que yo mismo acababa de disparar.
Fue entonces cuando estuve seguro de que sería así.
-¿Estás ya dispuesto a unirte a nuestra sociedad?
Bajé la mirada al suelo y me dispuse a hacerlo.
No sé cuanto tiempo tardé en despertar, pero dormir me había sentado realmente bien. Estaba tirado boca arriba en el suelo y me notaba más fuerte, más ágil de lo que me había sentido jamás. Levanté poco a poco la mirada, y revisé mi pierna herida. El agujero de mis pantalones, rodeado de sangre, sólo me dejaba ver una cicatriz. El dolor había desaparecido por completo.
Acabé de levantarme del suelo, y Jacob me esperaba con una sorpresa.
Apoyado en su coche, con los brazos ocupados sobre los hombros de dos fulanas (he de admitir que parecían más caras de lo que estoy acostumbrado), me invitó a conocerlas.
Me acerqué,… y poco más recuerdo.
Sólo el color rojo de la sangre de una de ellas, que brotaba de un pequeño corte que Jacob acababa de hacer en su brazo.
Sólo ese intenso olor a comida.
Sólo esa intensa hambre que me devoraba.
Volví a despertar de ese extraño sueño a cámara lenta en el que acababa de caer para comprobar que era cierto.
Las dos mujeres estaban tiradas junto a mí, que aún sujetaba a una de ellas por el pelo, pero ya no me parecieron tan llenas de vida como antes. Me limpié la sangre que manchaba mi cara.
-Lame las heridas de sus cuellos.
Lo último que se me hubiese pasado por la cabeza hubiese sido lamer nada de esos dos montones de huesos desecados que estaban a mi lado, pero sabía que me lo decía por algo. Callé y lamí. Los dos agujeros de sus cuellos, por los que había bebido su vida, empezaron a cerrarse. En pocos segundos habían desaparecido.
Jacob empezó a hablarme, aunque si he de decir la verdad, no le presté demasiada atención. Además hablaba de unas cosas extrañas. Jerga de vampiros, supongo.
De esa conversación en el descampado recuerdo sólo algunas palabras sueltas.
Sire.
Brujah.
Camarilla.
Vampiro.
Cuando por fin acabó de comerme la oreja, nos ocupamos de las furcias. Las metimos en el maletero de su coche y nos fuimos de allí.
Él delante, en su coche.
Yo le seguía en el mío.
-Sube, iremos en mi coche lo que queda de camino.
Fue lo que me dijo al parar, ya de vuelta al bullicio de la ciudad.
Al subir empezó a explicarme aún más cosas sobre no sé que putas de territorio neutral, y sobre el Sabbat (¿Porqué cojones no podía estar callado el muy bastardo? ¿No entendía que me dolía la cabeza?).
Cuando llegamos a nuestro destino, una pedazo de mansión en las afueras, salió del coche como si todo lo que me hubiese contado fuese cierto. Cargó con todas las armas que pudo y empezó a mirar a todos lados.
Entramos en la que resultó ser la casa de un tal Giovanni (un joven blanquito que parecía hacer negocios a menudo con Jacob), que no tuvo inconveniente en deshacerse de los cuerpos de las zorras que acabábamos de matar (tenía unos cuantos cadáveres almacenados en los sótanos del edificio, ¿Qué más darán dos más?).
Estaba ya a punto de amanecer cuando Jacob paró su coche delante de la barrera de mi taller.
Bajé y quedé quieto un momento mirando el letrero.
Las palabras “El Infierno” escritas en negro sobre un fondo rojizo que simulaba las llamas que siempre había pensado que me esperarían al morir, me parecieron hoy más que nunca, una elección acertada para mi negocio.
-Mañana a las 9:30h p.m. vendré a buscarte.
Asentí ligeramente.
Cerré la barrera metálica mientras escuchaba como
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