En poco más de media hora (que aproveché para seguir reparando mi coche) el rugido del motor del Lamborghini volvió a escucharse fuera.
Jacob entró con aire tranquilo y más calmado (menos mal, porque le había notado tenso durante nuestro encuentro con Marla).
-Mañana te presentarás al Príncipe.
-¿Eso significa que le he caído bien a Caius?
Me reí con sorna. Jacob ni pestañeó.
-Digamos que no quiere tu cabeza clavada en un palo… por ahora –se giró hacia la puerta con la intención de irse- No la cagues mañana.
Mientras se iba, se me ocurrió otra pregunta inteligente.
-¿Dónde cojones tendré que ir? –Jacob se volvió hacia mi. Por su cara deduje que no había pensado en eso-. ¿Vendrás tú a buscarme?
Como única respuesta miró su reloj, y me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera. Me quité la suciedad que tenía en las manos con uno de los trapos que siempre hay desperdigados por el taller y salí a la calle. Si pensaba llevarme a dar otra vuelta en ese coche suyo, yo no sería quien se lo impidiese.
El antro al que me llevó se llamaba The Suckers. Un edificio bajo, de una sola planta (rodeado de descampados y de la ruina y la miseria típica de la zona), situado en el mismo Manhattan. Menos de diez minutos en su coche nos bastaron para llegar (yo con el mío habría llegado en tres).
El parking que había justo enfrente del local estaba lleno de todo tipo de medios de transporte. Motos, utilitarios más discretos y algún que otro buen coche (sin duda nuestra llegada subidos al Diablo, eclipsaba cualquier otro).
-Aquí no se pueden entrar armas. Déjalas en la guantera.
Después de hacer lo que me dijo, fuimos hacia la entrada.
Mientras nos acercábamos, me pareció ver intentando entrar a ese tal Bart. El cagón que esa misma noche nos habíamos topado (vestido completamente de negro. Pobre hombre, debe tener complejo de blanco). Empecé a caminar más lento para no tener que ver otra vez su cara de capullo. Sabía que eso volvería a cabrearme. Vi como los dos tipos que custodiaban la puerta le recorrían el cuerpo con el detector de metales. Si esta vez iba armado, el detector no le delató.
Los siguientes en pasar el reconocimiento fuimos Jacob y yo. Él según parecía iba a menudo por allí. Me presentó a ellos, en previsión de que volviese (de hecho tendría que hacerlo la noche siguiente), y entramos.
Empezamos a andar hacia el fondo del local. Jacob seguro de a donde se dirigía iba abriéndose paso con los codos y las manos. Yo le seguía (yo no tenía que abrirme paso porque la gente al verme se apartaba).
La música y el ambiente no estaba mal, pero le faltaba algo. O tal vez le sobraba. No es que hubiese demasiada gente, porque había ni más ni menos que la justa para que un local como ese tenga lo que necesita, pero la mezcla de personas tan distinta, y aparentemente con gustos tan diversos se me hacía extraño. Tal vez fuese eso, o tal vez que cuando Jacob me comentó que nos dirigíamos a una discoteca mi mente había recordado la escena de Blade (otra vez esa puta película) en la que una discoteca llena de vampiros empieza a bailar al ritmo de "New Order - Confusion (Pump Panel Reconstruction Mix)" mientras los aspersores les bañan de sangre. Que no fuese así puede que me decepcionara un poco.
Cuando ya llegábamos a la barra, Jacob se giró, y caminando junto a mi empezó a hablarme.
-¿Ves a aquellas personas? -me señaló con un gesto de su cabeza un grupo de cuatro hombres hacia el que nos dirigíamos. Uno de ellos era ese Bart que parecía dispuesto a joderme la noche.- El hispano es De la Cruz, el dueño del local y chiquillo del príncipe -una mirada rápida me confirmó que era un tío con clase. Buena ropa, que llevaba con estilo, presencia cuidada y porte de caballero. Que asco me dio-. El que está a su lado es la arpía…
Nos habíamos acercado ya demasiado a ellos (Bart, junto con otro tío rubio y guaperas, se había marchado al parecer hacia la parte trasera del local, a lo que supuse sería un almacén), y Jacob dejó aquella frase sin acabar (creo que aunque la hubiese acabado hubiese seguido sin enterarme de qué me quería decir). Me presentó a los dos hombres de los que me había hablado. De la Cruz fue el primero. Nos estrechamos las manos y nos mentimos mutuamente de lo contentos que estábamos de conocernos. Al intentar presentarme al otro tío (sinceramente no recuerdo ni su nombre) Jacob dejó claro que no era de su agrado. De la Cruz se interpuso entre ambos evitando la que evidentemente era una situación no demasiado amistosa y tratando de que reinase la diplomacia.
Una copa rápida (fue tan sencillo como pedir “una de las nuestras”, y la sangre corría por mi garganta quemando como el tequila. No pude evitar sonreír al preguntarme de que cosecha sería el borracho del que la habrían sacado, o como podía destilar yo eso en mi taller), y Jacob me guió hacia la parte trasera por la misma puerta por la que había desaparecido Bart unos minutos antes (estaba claro que no me iba a librar de ese gilipollas aunque quisiera). Cruzamos juntos el almacén de ese garito. Al llegar a lo que en ese momento me pareció el fondo del local, nos detuvimos frente a una puerta, y esta vez no pudimos evitar cruzar varias palabras con aquellos dos tíos que habían estado hablando con De la Cruz y esa “arpía” que Jacob había mencionado. Volvimos a presentarnos a Bart (al principio me hice el despistado, pero hacía demasiado poco que nos habíamos visto y el muy capullo se acordaba de mí. ¿Porqué será?), y Jacob hizo los honores con su acompañante, Jonathan.
La puerta se abrió, y un hombre corpulento y con pinta de boxeador (nariz chafada y cara endurecida) salió con prisas. Chocó con Jonathan y Bart, y se hizo paso entre ellos (no de muy buenas maneras) para saludar a Jacob. Otra nueva presentación, y otro apretón de manos (entre unos y otros me la van a acabar gastando). Este resultó ser Crusher, otro de los Sheriff de la ciudad y por supuesto Brujah. Él mismo nos acompañó otra habitación más (dejamos atrás a Bart y a Jonathan aunque estaban esperando delante nuestra) hasta que finalmente llegamos a lo que sí debía ser la parte trasera del edificio. Para mi sorpresa, un ascensor nos esperaba. Bajamos un piso (al parecer el edificio era bastante más de lo que parecía. Aparte del sótano al que bajamos tenía otro nivel inferior, aunque para bajar el acceso estaba más vigilado, y junto al botón del ascensor que podía llevarte a él estaba la ranura de una llave que supuse pocos tendrían), y al abrirse las puertas el panorama había cambiado por completo. Habíamos llegado al espacio selecto que se reservaban los vampiros de New York para sus noches de juerga,… y la verdad es que era una mierda. La decoración era de esa que ahora llaman minimalista (lo único que tienen de mínimo es la imaginación de quien los hace y el cerebro de quien los compra), con paredes, muebles y camareros vestidos y decorados de color blanco. El ruido era mínimo y no había ni humo ni borrachos con los que chocarse. La decepción al volver a recordar la escena de “Blade” era aún mayor.
Me quedé esperando en la barra, tomando otra “de las nuestras” (allí abajo no hizo falta ni pedirlo así. Allí lo que no debía haber era bebida normal), mientras Jacob y Crusher se acercaban a una mesa donde gobernaba (lo digo así porque esa apariencia me dio) un hombre canoso y bien peinado, con ropa de primera y elegancia de sobra para llevarla. Me hizo pensar en el hispano que acababa de conocer en la planta de arriba, y al recordar que Jacob me había comentado que era chiquillo del Príncipe, simplemente até cabos. El príncipe dejó de lado la pantalla de su ordenador portátil un momento, mientras Jacob le hablaba, me miró fugazmente y asintió. Jacob vino hacia mí, y él bajó de nuevo la vista a sus asuntos.
-Mañana verás al Príncipe, él ya ha accedido –pidió con gestos una copa al camarero que atendía la barra-. Si te ponen alguna pega arriba en la puerta di que vienes a ver a Domenech Lacroise, que tienes una cita con el Príncipe, y no habrá problema.
Pasó un rato más hasta que aquél lugar llegó de verdad a cansarme, y decidí volver arriba. Jacob no me acompañó, pero con quien sí coincidí en el ascensor fue con Bart. Aunque puse mi cara más evidente de “no tengo ganas de conversación”, el tío empezó a hablar. Según me dijo, él también debía presentarse la noche siguiente, por lo que probablemente tendría otra vez el enorme placer de su compañía. Hay que joderse. También aprovechó la ocasión para recordarme que “ahora les debemos una a los suyos, después de lo que habían hecho por nosotros esa noche Marla y él” (sobretodo él. Si no hubiese sido porque él lo apuntaba todo seguro que la tía me hubiese olvidado fácilmente). Decidí callar y pegarle otra patada a mi coche cuando llegase al taller.
Después de otro poco tiempo en la planta de arriba (que bien me sentaron un par más de aquellas copas que me dieron. Por fin después de un par de días empezaba a estar contento… hasta de ser vampiro) decidí volver a casa. Estaba acercándose la hora de descansar (encima no pude encontrar al cabrón de Jacob. No tenía ni medio de transporte, ni mis armas que se habían quedado en su guantera), y tenía la sensación de que la noche siguiente sería muy larga.
Las puertas del ascensor se abrieron, y volví a tener la misma sensación de asco que la noche anterior al ver todo aquello. Acaba de bajar al sótano de The Suckers, y aparte de mí, de los camareros, de una mujer (en la que también me había fijado el día anterior) y del Príncipe sentado en la misma mesa que la noche antes, el sitio estaba vacío.
Sabía que era pronto, pero en cuanto acabé de arreglar la chapa de mi coche decidí acabar con los compromisos de cada noche (visitar al Príncipe de la ciudad, tomar algo de alcohol,… lo típico). Con un poco de suerte tendría bastante tiempo después para mi, para dedicarle a mi anterior vida como persona normal (un par de coches seguían en mi taller sin repararse y un par de asuntillos sucios de los míos seguían pendientes).
Me acerqué a Lacroise y me quedé delante suya hasta que levantó la mirada de su portátil. Se quitó las gafas que llevaba y nos dimos las buenas noches. Al presentarme me dio la sensación de que quería deshacerse rápido de mí (yo también de él, así que por lo menos en eso estábamos de acuerdo).Me senté, y comenzó la prueba. Él preguntaba sin muchas ganas y yo respondía sin mucha sinceridad. Que si “¿te han enseñado las leyes?”, pues claro. Que si “¿serás bueno y no armarás escándalo?”, nunca se me ocurriría. Cuando me di cuenta aquél tío se estaba despidiendo de mí. Si ese era el examen que tenías que pasar para ser vampiro estaba chupado. Sólo un auténtico imbécil la cagaría.
Hay veces que la forma de hablar de los demás, el tono que usen, cualquier gesto que puedan hacer sin darse cuenta,… dicen más que las palabras en sí. Era algo que me solía decir mi padre. Algo en lo que me hizo fijarme ya desde muy joven. Hay otras veces, está claro, en las que las propias palabras dicen más de lo que la gente está acostumbrada a escuchar.
-Espera en la barra. Cuando se hayan presentado los demás os explicaré algo que quiero que hagáis.
Eso fue lo último que me dijo el Príncipe antes de ponerse las gafas y volver a su ordenador.
Una simple frase más.
Pero no había podido evitar que me sonase mal por dos pequeños detalles.
Primero porque ese “algo que quiero que hagáis” sonaba a “deberás pasar otra pequeña prueba antes de seguir jugando, muchacho”. A saber que coño nos mandaba el tío ese.
Segundo porque a mí me gustaba trabajar sólo. A saber quien más tenía que acompañarme a hacer ese “algo” (evidentemente más de uno, por su “los demás”). Uno de ellos, estaba seguro por la conversación con él, sería Bart. Tal vez no fuese tan capullo. Tal vez no viniese mal tener a uno de esos magos a mi lado. Me propuse a mi mismo darle otra oportunidad ya que al parecer tendríamos que compartir algo más de nuestro tiempo.
Pero habría más gente aparte de él, y eso me preocupaba.
Tomé un par de copas solo en la barra para relajarme, hasta que Bart (que bajó poco después de mi) acabó también de presentarse y vino a sentarse a mi lado.
-¿A qué te dedicas?
Me preguntó para romper el hielo.
-¿Y tú?
Le contesté para que no lo hiciese. Darle una oportunidad de no caerme mal no significaba que tuviese que caerme bien.
-Era profesor en la universidad –estaba claro que el tío no pensaba callarse, así que pedí otra ronda para mí, y la primera para él. Tal vez borracho fuese menos pesado de aguantar-, de historia, aunque hace ya algunos años que no doy clase.
Bebió conmigo un par de tragos. Después de unos minutos hablando de cosas sin interés empezó a largar algunos detalles sobre los vampiros que hasta el momento desconocía. Contó varias cosas de su clan y me preguntó a mí varias sobre el mío (hacía buena noche para mentir. Por lo menos yo lo estaba haciendo de puta madre). Volvió a mencionar la Camarilla (esta maravillosa “sociedad” en la que Jacob me metió y de la que también los Tremere forman parte), que por lo que me confirmó está en guerra con el Sabbat (no llegó a aclararme mucho más). Pensé que ese tío podía serme útil de momento, así que le invité a otra ronda. Seguimos hablando un rato, pero la conversación acabó en cuanto se me ocurrió preguntarle porqué iba vestido de negro.
-¿Quién cojones se ha muerto?
Se quedó callado y agachó la mirada.
Por lo visto a él la broma no le había hecho gracia.
Ni siquiera me fijé en él cuando entró, pero resultó que cambiaría mi vida más aún de lo que Jacob había conseguido tres noches atrás.
El local seguía vacío, aunque varias personas habían ido pasando por allí. Jacob había sido uno de ellos, aunque estuvo apenas el momento justo para darme un sobre que decidí no abrir delante de Bart. Lo guardé discretamente en el bolsillo interior de mi chupa y no le di mayor importancia de momento.
Bart y yo, sentados en la barra y de espaldas al ascensor, habíamos retomado a medias nuestra charla y el aburrimiento había conseguido que ya apenas nos girásemos a mirar quien salía de él. Sólo cuando ese tío estuvo sentado con el Príncipe, Bart y yo nos quedamos mirándole. Al parecer ese era el vampiro que faltaba por presentar esa noche, y mis peores temores se habían hecho realidad.
Al acabar con el Príncipe, se acercó a nosotros. Alto, delgado, pelo moreno muy corto y mirada perdida. Lo que más me llamó la atención (y lo que más me hizo pensar que estaba zumbado) era que llevaba puesta una bata de forense manchada de sangre. Se me quedó mirando un rato, hasta que le invité amablemente a dejar de hacerlo.
-¿Qué coño miras?
-Tu cara me suena.
Seguía mirándome con expresión de anormal. Realmente ese tipo estaba mal de la cabeza. Decidí no darle más vueltas y volver a lo mío. Lo único que puedes conseguir juntándote con locos es acabar siéndolo.
-Tengo una cara muy vulgar.
-Y que lo digas.
Su comentario me hizo levantarme de la silla. Bart se giró hacia la barra en previsión de la que se podía liar si aquél gilipollas seguía vacilándome. Di una vuelta alrededor suyo, callado, simplemente mirándole y valorando cuantos segundos me duraría en una pelea. Él seguía con esa cara ausente que tenía desde el principio. Aunque no le veía, sabía que el Príncipe, a pocos metros de nosotros, nos miraba y valoraba la situación. Recordé las palabras de Caius sobre mi anterior y muy reciente momento de furia. “Algo a controlar”. Le puse el brazo sobre el hombro y le invité a sentarse a mi lado con una sonrisa. Dos palmaditas mías (amistosas, evidentemente) en su cabeza sellaron nuestra amistad. Dos palmaditas suyas en la mía volvieron a romperla.
Me levanté de la silla y me quedé mirándole. De mi boca salían palabras que no recuerdo demasiado, pero que debían mencionarle sin duda a él, al cabrón de su padre, a la puta de su madre, a los gilipollas de sus abuelos y así hasta la décima generación como mínimo. Un golpe en la barra acabó de demostrar mi enfado y dejó callada a la poca gente que había allí. “Algo a controlar”, me dijo Caius. Me giré dándole la espalda, pero mis puños seguían apretados pensando en partirle la cabeza a ese hijo de la grandísima puta. Fui hasta el ascensor, apreté el botón para que bajara y deseé que fuese rápido.
-¿Tienes un hermano?
No me giré, pero no me faltaron las ganas. Ahora más que de partirle la cabeza tenía ganas de saber que coño le pasaba por ella para que me hablase allí y precisamente en ese momento de mi hermano.
De saber cómo coño sabía que lo tenía.
El ascensor se anunció con un leve pitido salvador. Las puertas se abrieron y subí a la planta de arriba.
De un trago me bebí otra copa “de las nuestras”, pero no podía dejar de escuchar las palabras de aquél cabrón, que resonaban en mi cabeza. “¿Tienes un hermano?” No podía dejar de preguntarme porqué había dicho aquello. “Tienes” La imagen de mi hermano llegó clara a mi cabeza como hacía tiempo que no lograba verla (era guapo y listo como pocos. Todos decían que se parecía a mí). Hacía casi dos años que había muerto. Y precisamente en ese momento aquél gilipollas vino a tocarme los cojones. Antes de la cuarta copa aún me duraba el cabreo con aquél tío.
A partir de la octava ya casi ni lo recordaba.
Casi.
Había pasado ya una hora y seguíamos esperando allí abajo. Bart y yo sentados en una mesa, sin tomar nada más para no meter aún más la pata (¿qué era lo que me había dicho Jacob sobre cagarla con el Príncipe?). El otro idiota bebiendo en la barra. Nadie más nos hacía compañía. Solamente los tres recién presentados en aquél sótano decorado con el puto culo esperando su castigo.
Entonces las puertas del ascensor se abrieron y llegó quien debía impartirlo.
Un hombre alto, moreno e imponente salió y nos empezó a mirar con desgana. Si realmente allí dentro no estaban permitidas las armas, ese tío no se había enterado. Supongo que mi cara debió llamarle más la atención que la del resto (normal, ellos son unos pringados), así que cuando empezó a hablar se dirigió a mí.
-¿Dónde está el Príncipe?
Bart le señaló la puerta cerrada al otro lado de la sala. Yo decidí hablar.
-¿Tú vas a ser quien se encargue de cortarnos los huevos?
Se acercó un paso más a mí. Aún seguía mirándonos con aire de superioridad, pero mi pregunta había parecido intrigarle.
-Para eso me han llamado, sí. Pero si tienes tan claro que has hecho algo que no debías empezaré por ti.
-Cada cual debe reconocer sus pecados. Sé que yo no debería haberme cabreado ni haber empezado a chillar delante del Príncipe justo el día en que tenía que presentarme a él, Caius ya me advirtió que debía controlarme,… pero no creo haber sido el que más a pecado esta noche.
-¿Un Brujah que sabe controlarse? –no sabía exactamente qué había hecho yo (más bien creo que fue lo que no había hecho), pero su mirada había cambiado ligeramente y parecía haber empezado a tomarme un poco más en serio. Me ofreció la mano- Wynn.
Me puse de pie y me presenté. Creo que fue de las pocas veces en las dos últimas noches que realmente estrechar la mano de la persona que tenía frente a mí no supuso ningún esfuerzo (Caius, Crusher,… ¿alguien más?).
Sin decir nada más pasó a ver al Príncipe, mientras nosotros volvíamos a quedarnos solos y esperando.
Esta vez, pero, pasaron apenas tres minutos hasta que alguien volvió a bajar. Una mujer (¿una niña? Desde luego iba vestida como tal y sus tetas eran como las de mi prima de doce años) que por sus gestos y su expresión daba toda la sensación de estar aún más perdida que nosotros. Miraba a todos lados sin saber muy bien que hacer, y viendo que solo había tres personas (camareros aparte), y que una de ellas iba vestida de forense, decidió acercarse a la mesa donde estabamos Bart y yo.
-Buenas noches –Esperó en silencio nuestra respuesta (que fina y educada la niña pija)- ¿El Príncipe?
-¿Qué querías?
Bart respondió en seguida. Yo me quedé callado esperando a ver donde llevaba aquello.
-Vengo a presentarme a él.
Cojonudo. Otra tonta en el bote.
-El Príncipe está ahora reunido. ¿Tú eres?
-Soy Lindsey Hammond. Toreador. Mi Sire ha muerto y me ha dicho que tenía que presentarme y… -ella nos miraba desconcertada y supongo que yo puse cara de capullo al comprobar que Bart se había autonombrado secretario particular del Príncipe. Pensó un poco antes de seguir hablando y nos preguntó- ¿Vosotros quienes sois?
Nos presentamos y le hicimos saber que acabábamos de conocer al Príncipe esa misma noche. Yo pensaba que Jacob me había enseñado poco, pero pude comprobar que hay casos peores. Empezó a hacernos preguntas sobre los vampiros, sobre el Príncipe,… preguntas a las que Bart respondía y con las que tanto ella como yo aprendíamos. Algo más que mencionó Bart fueron los clanes de vampiros que forman parte de la Camarilla. Aparte de los Brujah, los Tremere, y la Toreador que acababa de conocer, existían también los Gangrel, los Ventrue (clan del Príncipe), Nosferatu, y MalKavian. Preferí no preguntar nada para no demostrar lo poco que sabía, pero me propuse seguir informándome conforme fuese surgiendo la ocasión. Quien si decidió seguir preguntando sobre los clanes fue Lindsey. Después de decirle los nuestros, nos preguntó en voz baja.
-¿Ese que es?
-Ese es gilipollas.
No pude evitar la tentación de hablar, y no precisamente susurrando.
-Aún no me has dicho si tienes un hermano.
Me levanté de un salto y me dirigí a él.
-¿Qué cojones tienes que decirme sobre mi hermano?
El tío disfrutaba tocándome los cojones, y tenía la sensación de que yo disfrutaría arrancándole los suyos.
-Ayer lo vi en una azotea, y tenía una foto de vosotros dos –hablaba sin girarse. Seguía sentado en la barra con una copa en la mano-. Es un lupino.
¿Ayer? Imposible. Mi hermano está muerto.
Eso me dijeron hace casi dos años.
Eso ponía en la carta que Johnnie me envió a la cárcel.
Aunque algo desde entonces me hacía pensar que no era así. Tal vez el simple deseo de que fuese verdad me hizo seguirle el juego a aquél capullo.
-¿Lupino? ¿De qué coño hablas?
Se giró y me miró fijamente.
-Digo que es un hombre lobo.
Noté que las piernas empezaban a flaquear. Decidí sentarme al lado de aquél mal nacido y seguir escuchando todo lo que supiese sobre mi hermano. Después ya arreglaría cuentas con él.
-¿Sabes? Creo que hoy es tu día de suerte –pedí dos tragos y antes de que los sirviesen seguí hablando-. Voy a darte otra oportunidad. Tridente –le ofrecí la mano y se presentó como James Walter-. Ahora explícame cómo sabes todo eso sobre mi hermano.
-Marla, una de los Tremere nos encargó a Tony y a mí llevarlo a Central Park, con los suyos. Nos dijo que un hombre lobo estaba causando problemas. Ya sabes que los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos.
No lo sabía, pero desde luego no se lo dije. Pedí otra ronda más sin importarme lo que el Príncipe, ese tal Wynn o cualquier otro chupasangre pudiese hacerme.
No podía quitarme de la cabeza la idea de recuperar a mi hermano.
La puerta donde tenía lugar la reunión que decidiría nuestro futuro como vampiros se abrió, y poco a poco volvieron a salir todos. Wynn pasó furtivamente por nuestro lado y se marchó igual que había venido. El Príncipe volvió a tomar asiento en su mesa de siempre. Ese tal Tony, al parecer el Sire del forense, se detuvo a su lado.
-No eres bienvenido.
No sé hasta que punto le jodió a él escuchar eso, pero a mí mucho. Si se me había pasado por la cabeza utilizar a aquél tío para encontrar a mi hermano, podía olvidarlo. “Los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos”. Pero él ya no lo era.
Subimos todos a la planta de arriba, y la música estridente y el olor a vómito me alivió en parte. Sin perder de vista a James, a Lindsey y a Bart, que por lo visto se habían hecho amigos en el corto trayecto del ascensor y hablaban haciendo gestos que me hacían sospechar que se irían, abrí discretamente el sobre que varias horas antes me había dado Jacob.
Las escrituras de mi taller.
Y solo mi nombre en ellas.
Me acerqué a Jacob, que bebía sentado en la barra, para darle las gracias por conseguirlo. Por pura casualidad Tony estaba sentado junto a él (parecía que habían compartido numerosas juergas y desde luego en beber no se quedaba atrás).
-¿Ese que iba disfrazado de forense es chiquillo tuyo?
-Yo no tengo chiquillo.
De reojo veía como los tres vampiros que habían compartido conmigo la presentación ante el Príncipe se disponían a salir por la puerta.
Me despedí de Jacob y de Tony. Unos metros más allá Lindsey desapareció hacia el exterior. Tenía su número de móvil y no creía que pudiese interesarme demasiado el volver a verla.
Ese tal James fue el siguiente en salir. “Los Gangrel tenemos algunas relaciones con ellos”. Pero él ya no lo era. Tony me lo acababa de dejar bastante claro. Ya no me sería útil.
Me quedé mirando como Bart salía y la puerta se cerraba tras él. También habíamos intercambiado nuestros números de teléfono, así que no me preocupó perderle de vista.
“Marla, una de los Tremere nos encargó a Tony y a mí llevarlo a Central Park”.
Busca siempre la fuente del problema. Solía decirme mi padre. Una vez que la encuentres evita que te los vuelva a dar (eso lo he añadido yo. Siempre me ha dado buen resultado aplicarlo).
“Los Tremere”
Ellos eran la fuente y Bart era mi forma de enterarme de lo que necesitaba.
Ya que le gustaba tanto hablar, me iba a contar un par de cosas sobre los hombres lobo.
jueves, 4 de octubre de 2007
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3 comentarios:
Esto empieza a parecerse al Quijote. Qué largooo!!! XDDD Madre mía. Ya no os sigo la trama de nada. Qué lío!
Vuelvo a repetir que me encantan tus dibujos Juanjo. Una pasada. No te hace falta estudiar en la escuela de diseño!!! Sabes más tú que ellos :D
no hace falta que me hagas la pelota, igualmente te daré el obsequio que te dije.
;P
este finde pero, vamos a Banyalbufar. Se lo llevaré a Jota y que él después que te lo de.
y la trama es complicada de seguir porque cada uno va a la suya en la partida. Pasan muchas cosas y de momento parece que no estén conectadas,... de momento.
No es peloteo! Es ciertoooo!!!! jajaja
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